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Nocaut fuera del ring

Ángel Miguel Pérez Martínez
By Ángel Miguel Pérez Martínez Published noviembre 2, 2026
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Nocaut fuera del ring
Manuel García, entrenador de boxeo.
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Cuando llega la derrota, comienza una pesadilla que me obliga a reconstruirme sin abandonar el boxeo.

Transcurre el décimo asalto. Siento cada golpe que recibe «Memín» a miles de kilómetros del ring. Aposté todo por él.

Acostumbrado a terminar sus combates en segundos, ahora no encuentra la salida. En Sudáfrica, pelea por el título mundial. Yo, al otro lado del mundo, espero el nocaut que no llega.

Una pantalla gigante transmite el combate. Se refleja en mi ojo bueno. A mi derecha está sentado Luis Miguel Julio, el Negro Chombo, padre de «Memín». Tampoco parpadea.

Entre los gritos, alguien habla de los puntajes que aparecen sobre la imagen. No entiendo los números ni las letras. Solo sé que la pelea va pareja.

El aire huele a cerveza derramada. Es el mismo olor que llevo conmigo cuando regreso a casa después de vender pan los lunes, cuando no trabajo como zapatero.

El golpe definitivo no llega. Mis manos traicionan mi aparente calma. Tiemblan. No sé si es el café de la mañana o mi eterna ansiedad.

Holiday no da tregua. Suelta un bosque de golpes. No llevan demasiada fuerza, pero tampoco le dan respiro. El tiempo se agota.

Cada puño del sudafricano me quema el ojo derecho. Reaviva la lesión que sufrí cuando también soñaba con ser campeón del mundo.

Faltan 32 segundos. «Memín» busca una grieta en la guardia de Holiday. Solo encuentra brazos que reaccionan con agilidad.

Se ahoga en la desesperación. Un uppercut de derecha le sacude el mentón. Se encorva y se atrinchera detrás de sus guantes.

Su guardia comienza a ceder. Holiday aprovecha y desata un gancho de derecha contra su cabeza.

«Memín» responde con manos potentes. La mayoría no encuentra su destino. En cambio, sobre él cae una andanada de puños.

Su protector bucal sale despedido. Abre los brazos y desafía a su rival. El árbitro recoge el protector. No detiene la pelea; permite que siga el castigo.

Holiday lo empuja contra las cuerdas con el hombro izquierdo. Le conecta un recto de derecha en la cara.

La cabeza de «Memín» se va hacia atrás. Las cuerdas lo reciben y lo devuelven al interior del ring.

Holiday vuelve a golpearlo en el rostro. Mi ídolo pierde el equilibrio y cae de espaldas sobre el centro de la lona.

«El Negro Chombo» se inclina hacia delante en su silla, como si pudiera ayudar a su hijo desde la distancia. A mí se me viene el mundo encima.

—Ya perdimos. Párate y vámonos —dice.

Su pesadilla ha terminado. La mía apenas comienza.

—Espera. Tal vez «Memín» se recupere y lo noquee —respondo. Todavía invoco un milagro.

Golpea la lona con rabia. El árbitro cuenta. Se levanta tambaleante. Le limpian los guantes y reanudan la pelea.

Holiday se le va encima. Le conecta otro derechazo en la cara y le rompe la guardia. Enseguida suena la campana. Termina el asalto.

«Memín» regresa a su esquina. Se sostiene de las cuerdas y se sienta en el banquillo.

Amílcar Brussa, su entrenador, aprieta un bidón y le lanza un chorro de agua a la boca. «Memín» la devuelve mezclada con sangre.

Tiene los párpados inflamados. Iván, su apoderado, le abre el ojo derecho.

—No veo —le dice.

En la otra esquina, Holiday observa a su rival por debajo del brazo de su entrenador, que le cura las cejas.

Mi héroe coloca los guantes sobre los muslos. Ya no tiene consigo aquel derechazo fulminante. Su respiración es corta. Intenta recuperar la visión.

Brussa se inclina sobre él. Leo los labios de «Memín»:

—No veo.

Se me congela la sangre.

Sus párpados parecen murallas. Alonso Madrid, el preparador físico, le pasa una toalla por el pecho. Su esquina intenta animarlo.

El árbitro se acerca y le pregunta si va a continuar. Su silencio responde por él en medio de una algarabía.

Suena la campana para el undécimo asalto. «Memín» no sale. Empieza a llorar sentado en el banquillo. Su alma quiere pelear. La tiniebla no lo deja.

Holiday no se lo cree. Se queda con la victoria por abandono y festeja. El árbitro le levanta el brazo y lo declara nuevo campeón mundial del peso ligero de la Federación Internacional de Boxeo.

Sudáfrica celebra con él. Acá, Colombia sufre.

Allá, el ring estalla bajo las luces. Aquí, mi vida se apaga.

Entrevistan a Brussa. Lo escucho decir:

—A nuestro boxeador le faltó lo que se necesita para hacer una tortilla: le faltaron huevos.

En medio del bullicio, alguien se acerca y me dice:

—Mane García, esa pelea fue ayer. La estaban pasando en diferido. Algunos ya sabían que «Memín» había perdido.

Yo no digo nada.

Salimos del club La Selva de Sincelejo. Mis piernas me llevan hacia la calle sin que yo se lo ordene. «El Negro Chombo» permanece mudo. Ni siquiera me mira.

Nos despedimos. Cada uno toma un camino distinto. Él se va a su casa. Yo no sé adónde ir.

El calendario dice que hoy es domingo 20 de agosto de 1995. No tengo adónde volver. Aposté mi casa por «Memín».

Pesadilla sin fin

Pesadilla sin fin

«El Negro Chombo» se aleja. Yo me quedo con el sabor más amargo de la derrota. La casa donde vivo con mi esposa y mis hijos ya no me pertenece.

La noche se acerca. A lo lejos distingo el Gran Centro El Parque. Allí trabaja como celador Ismael Tous, mi paisano.

Lo encuentro en la entrada. Me acerco. Cada paso me cuesta el triple. La derrota me aplasta los hombros.

Ismael me mira. Mi cara lo dice todo. Me ofrece un café en un vaso de plástico rajado. El olor a pintura fresca se me clava en la nariz.

Un foco parpadea sobre su cabeza. El mundo sigue. El mío se ha detenido.

—¿Qué te pasa, Mane?

Su voz me llega lejana, como si el eco de este lugar recién inaugurado se tragara mi respuesta.

—Acabo de perder mi casa. La que construí con sudor, la que llené con las risas de mis hijos. La aposté como un idiota.

—¡Erda, Manuel! ¿Cómo así?

Sus ojos me buscan una explicación que no tengo.

Me llevo el café a la boca. Sabe a tierra. Como mi error.

El café me devuelve a la plaza de Tolú:

El sol quema. Vendo pan como todos los lunes. A lo lejos veo a Luis Hernández. Se acerca con la risita de quien trae veneno.

—Tanto que hablas de «Memín» y ese negro es malo.

Respondo sin pensarlo dos veces.

—A «Memín» lo sigo desde que era infantil. Tiene una pegada fulminante. Lleva 27 nocauts, va invicto y yo he ganado todas las apuestas.

Luis se ríe y escupe al suelo.

—¡Qué va! A los negros, cuando les pegan en el ojo, se vuelven cobardes.

Lo miro. Me hierve la sangre.

—Vamos a hacer una cosa. ¿Qué tienes para apostar?

—Esta moto que uso para trabajar —responde.

Me acerco. La victoria de «Memín» ya está en mi cabeza.

—Yo te apuesto mi casa. Tiene dos piezas de material. «Memín» va a ganar.

Nos citamos en la Notaría de Sincelejo. Nos hacen un documento para formalizar la apuesta. No pido que me lo lean. Me avergüenza no saber leer.

El notario ni siquiera levanta la vista. El documento queda autenticado.

Tres días después, Luis me busca para proponerme que deshagamos la apuesta.

—Oye, Manuel, deshagamos esa apuesta.

Puedo detenerlo todo. Pero «Memín» está en mi imaginación con los brazos en alto. Campeón del mundo.

—No. «Memín» va a ganar —le respondo.

Pude detenerme. No lo hice. La advertencia de Liza vuelve a mi memoria:

Martillo la suela de un zapato en la zapatería. Liza Muñoz llega y me llama aparte. Me habla en voz baja.

—¿Es verdad que vas a apostar tu casa por «Memín»?

—Sí.

Menea la cabeza de un lado a otro.

—No apuestes esa casa, Mane. ¿Tú estás loco? Yo no voy a poder acompañarlo como entrenador a Sudáfrica. Tengo una demanda por alimentos y no me dejan salir del país. Lo va a llevar el argentino Amílcar Brussa. Además, «Memín» no está entrenado. No apuestes.

Ignoro sus palabras. Liza solo suspira.

Regreso al presente. Ismael me observa.

—Mucha gente decía que «Memín» no estaba bien preparado, Mane.

Asiento. El café ya está frío. También mi orgullo.

El foco continúa parpadeando. Cada destello parece contar los segundos que llevo sin casa y sin saber cómo mirar a mis hijos y a mi mujer a la cara.

—No fue «Memín». Fui yo. Yo propuse la apuesta. Ignoré las advertencias. No vi el nocaut que venía. Ahora no tengo adónde ir.

—Tranquilo. Por lo pronto puedes dormir aquí. Te acomodas en esa esquina.

Miro el rincón que me señala. Yo ya no soy el mismo. Ni siquiera sé si quiero seguir viviendo.

El centro comercial queda vacío. Solo me acompaña el eco de mis palabras. Mi pesadilla parece irreal, como el undécimo asalto que «Memín» nunca peleó.

No puedo dormir. Ismael ronca en su silla. Cuento las baldosas del piso. Son frías, duras, ajenas.

Pienso en mis dos hijos, en mi mujer, en el techo que ya no les pertenece. No los merezco.

Amanece. Es otro asalto. La pesadilla sigue conmigo. El dolor de mis huesos me expulsa del poco sueño que logro conciliar.

Me levanto con un saco de piedras sobre la espalda.

Pido un vaso de agua en la gasolinera de la siguiente calle y me lavo la cara. El agua fría no espanta mi agonía. Solo me entumece.

Recorro las calles sin rumbo. Rozo la locura.

Regreso debajo de aquella luz intermitente. El llanto de mi alma no cesa. El agotamiento físico y mental termina por cerrarme los ojos.

Al día siguiente camino hasta la casa de mis padres, en el barrio San Luis. Mamá ya no está, mi padre se fue con otra mujer. Estoy en el lugar donde crecí.

Mi hermana está sentada en una mecedora, detrás de la puerta. No sonríe al verme. A su lado hay una bolsa.

—Gloria acaba de pasar por aquí. Vino a dejarte tu ropa. Le pregunté qué pasaba y solo me dijo: «Él sabe».

Respiro hondo. El aire no me alcanza.

—También me contó que ayer llegó un hombre a tu casa. Dio los buenos días, mostró un papel y dijo que iba por lo suyo.

Mi hermana hace una pausa y prosigue.

—Ella sacó todo de la casa, hasta el zapato que estabas remendando la noche antes de la pelea de «Memín» y se fue con los niños a vivir donde sus papás.

Trago saliva. El abismo que cavé sigue abierto.

No consigo quedarme con mis hermanos. Entro al patio, me baño, me cambio de ropa y salgo.

Regreso al centro comercial. Duermo otra vez en el rincón de Ismael.

Al día siguiente vuelvo a casa de mis padres. Camino sin rumbo hasta llegar al barrio San Luis.

Me siento en el andén. Los vecinos murmuran a mi alrededor.

—¿Qué le pasó?

—¿Por qué hizo eso?

—No está bien de la cabeza.

El sol cae sobre mí. También las miradas de desprecio. Llega otra noche. Regreso a mi rincón.

Comienza un nuevo día. Hoy tampoco voy a la zapatería. La vergüenza me impide mirar a mis compañeros de trabajo. Digo adiós al taller.

Vuelvo al barrio, compro pan en el negocio de un vecino y lo reparto en bolsas de plástico. Las amarro a un palo, como hago los lunes. Pero hoy es jueves.

El bus hacia Tolú mezcla los olores de la gasolina y el sudor. Al bajar, la brisa del mar me golpea la cara. El olor salado de mi pueblo natal me recibe como un viejo conocido.

Estas calles saben quién soy. Aquí nací. De niño vendí yuca. Mamá me esperaba con un plato de comida y un abrazo. Ahora vendo pan a los turistas y cargo conmigo una vergüenza que no me deja en paz.

La jornada transcurre con normalidad hasta que escucho un grito:

—¡Casa en el aire!

Sigo caminando.

El palo se me resbala. Un pan rueda por el suelo. Intento recogerlo, pero un perro callejero se me adelanta y se lo lleva en la boca.

Un niño me señala y se ríe.

—¡Mira, mamá! ¡El hombre de la casa en el aire!

La rabia me empuja hacia un bus de regreso a Sincelejo. El viaje se hace interminable.

Apretujado en el asiento, vuelven a temblarme las manos. Cada sacudida me recuerda que no tengo adónde ir. Miro alrededor, esperando otro grito.

¡Casa en el aire!

Ya no soy el zapatero de Sincelejo ni el vendedor de pan de Tolú. Para todos soy el hombre que dejó a sus hijos sin techo por una apuesta.

Empezando de nuevo

Empezando de nuevo

De regreso en el centro comercial, Ismael me tiende un café en el mismo vaso de plástico rajado.

—No desfallezcas, Mane. Ten esperanzas.

Sostengo el vaso entre las manos. El calor me quema los dedos. Miro el líquido negro.

El humo del café me devuelve a las caletas. Allí saco muchachos de ese mundo y los llevo al boxeo.

Dejo el vaso sobre una mesa tambaleante y voy a la vieja casa de mis padres, donde todavía está el patio en el que entreno a los muchachos.

Rebusco en una esquina del patio entre sacos viejos y pedazos de lona hasta que mis dedos dan con el cuero rígido de los guantes.

Me los cuelgo del cuello y salgo de prisa a la calle. Con el pantalón remangado, me hundo en la maleza del sector.

Las espinas me enganchan la tela y el fango me traga los zapatos. Sigo las huellas en el barro hasta la entrada de la caleta.

Una nube de humo espeso y amargo me golpea la cara. Me detengo. Dudo antes de entrar. ¿Y si no quieren verme? ¿Y si se burlan de mi ruina?

El cuero de los guantes roza mi pecho con cada movimiento. Entro.

—¿Qué más, muchachos? ¡Vamos a entrenar!

Las miradas de los cinco chicos se clavan en mí. Siento el peso de la culpa sobre los hombros.

—Vamos para el patio de mis papás. Allá está el gimnasio. Volvamos a entrenar.

Antonio escupe al suelo y rompe el silencio.

—¡Huy, Maneee! ¿Volviste de tu intenso viaje?

Las carcajadas estallan entre el matorral. Felipe se levanta despacio, limpiándose la boca con el dorso de la mano.

—La gente dice que desde que perdiste la casa quedaste más loco. Que ya no vas a ser más entrenador.

—¿Y quién no comete errores? Todos caemos alguna vez. Lo importante es levantarse. Si se deciden a entrenar duro, pueden salir de este vicio. Yo sé que ustedes no quieren seguir aquí.

Luis, con su camiseta desgastada de siempre, baja la vista hacia los guantes que me cuelgan del pecho.

—¿Y vamos a entrenar enseguida, Manuel?

—Claro. ¿Para qué vamos a esperar?

—Bueno, vamos —dice.

Me acomodo los guantes y camino hacia la salida. Luis viene detrás de mí. Antonio sale de la sombra y se suma. Antes de abandonar la caleta, les hace señas a los que permanecen sentados. Felipe se levanta y nos sigue. Los demás se quedan inmóviles mientras la noche se traga el humo.

Entramos al cuarto viejo, contiguo al patio de mis padres. Entre el polvo y el olor a encierro, sacamos los implementos. Encendemos el viejo reflector.

La luz blanca y temblorosa apenas logra esquivar la penumbra del patio. Colgamos el saco de la viga principal.

Los primeros impactos rompen el silencio. El aire se carga de sudor y olor a cuero húmedo.

Sobre la tierra apisonada, sostengo las manoplas y recibo los golpes. Esquivo, corrijo y vuelvo a colocar las manos frente a mi pupilo.

—¡Sube esa mano! ¡Gira y de nuevo!

El púgil más grande obedece. Sus guantes golpean las manoplas al ritmo de su respiración.

A un costado, Antonio descarga combinaciones contra el saco de arena. Frente a la pera loca, Luis intenta mantener el ritmo. Me acerco y le corrijo la postura.

—¡Eso! ¡Más rápido!

El patio vuelve a ser un gimnasio.

—Mañana otra vez, muchachos. A la misma hora.

Camino a mi rincón del centro comercial. Despliego unos cartones sobre las baldosas frías y me acuesto de cara al muro.

La urgencia de un techo me angustia. Sale el sol y conmigo amanece la idea de buscar a Urruchurto y a María Ruiz.

Les pido que hablen con el cacique político «El Gordo» García para que me consigan un lote.

Días después, los comuneros me llevan hasta un terreno cubierto de maleza en Villa Mady, al sur de Sincelejo.

Me señalan un pedazo de tierra entre el lodo. A mi alrededor, otras familias clavan estacas y amarran plásticos. Hago lo mismo. Levanto un cambuche con bolsas de lona y me instalo.

Necesito dinero. Me voy a El Rodadero, en Santa Marta, y trabajo durante un mes en una fábrica de zapatos. El pegante y las suelas me maltratan las manos.

Regreso. Traigo treinta y dos mil pesos. Pago treinta mil para que me coloquen el techo de palma.

Después, mezclo boñiga de vaca con agua y empiezo a levantar las paredes. Mis boxeadores me ayudan.

El olor de la tierra húmeda me llena la nariz. Ya no duermo bajo unas lonas: ahora tengo un techo de palma y paredes que me resguardan.

Busco a Gloria.

—Vamos a empezar otra vez en mi nueva casa —le digo.

Ella asiente, aunque evita mi mirada. Volvemos a intentarlo. Mi familia regresa a mi vida.

Consigo trabajo como empleado en un taller de zapatería. Desde temprano, el martillo golpea las suelas de los zapatos.

Regreso cansado, con el olor penetrante del pegante adherido a la ropa y metido en la nariz.

Se hace de noche y hoy no hay entrenamiento. Regreso a mi casa en Villa Mady y voy al fondo del patio a terminar la cerca.

Un pedazo de alambre de púas está flojo. Lo tenso y lo fijo con clavos. Pruebo. Presiono el metal con la palma de la mano. El alambre se revienta.

Un chasquido seco retumba en el aire. El metal azota mi rostro y se clava en mi ya maltrecho ojo derecho.

El golpe me devuelve a una pelea de años atrás. Tengo diecinueve años y estoy sobre el ring frente a Luis Hernández.

La pelea va pareja. Mido la distancia, leo sus hombros. Un recto de derecha entra limpio y me explota en el ojo derecho.

Vuelvo al patio de Villa Mady dando alaridos de dolor. La sangre me corre caliente por las mejillas.

Los vecinos corren, me agarran de los brazos y me sacan de aquí. En el hospital, la aguja entra y sale de mi córnea 32 veces. Pierdo para siempre la poca visión que todavía conservo en ese ojo.

Por las noches, desde el patio, miro las luces lejanas de las casitas de invasión con mi único ojo bueno.

El dolor cede. Regreso al taller. Clavo, coso, pego suelas. Voy y vuelvo entre la zapatería y el patio de entrenamiento.

Siento las miradas de los vecinos clavadas en mi nuca. Aprieto los dientes y mantengo la cabeza baja.

Termino otro entrenamiento. Guardo las manoplas y camino a casa. Dos vecinos me atajan en la esquina y me hablan en voz baja.

—Mane, se te está metiendo el tigre.

Suelto una risa seca, desganada, y sigo caminando.

Mi hijo de seis años me sale al encuentro y se me cuelga del cuello.

—Papi, aquí viene un hombre y mi mamá se mete con él al cuarto. Nos deja afuera comiendo naranja o diabolín. Mándala a matar. Y a ese tipo también.

Siento un vacío en el estómago. Aprieto al niño contra mí sin pronunciar una sola palabra.

Camino por las calles oscuras de Villa Mady hasta encontrar a uno de los tantos malandros del barrio.

—Quiero que estés pendiente de mi casa. Si mi mujer se encierra con un hombre, entra y no lo dejes salir vivo.

Pasan tres días. Vuelvo a buscarlo.

—¿Ha llegado alguien?

—No ha llegado nadie.

—Dejemos eso así mejor. No hagas nada.

Doy la vuelta y regreso a casa.

Después de diez horas en el taller, vuelvo al patio de mis padres. Me pongo el uniforme de entrenador y comienzo otra sesión.

Los muchachos golpean el saco y trabajan con las manoplas. Corrijo sus movimientos, doy instrucciones y sigo hasta que miro el reloj de pared. Son casi las once.

Recojo las manoplas. Esta noche no quiero dormir en este patio. Paso por la casa de mi suegra.

—No vaya para allá, Manuel. Es muy tarde y su barrio es peligroso. Lo pueden atracar.

Me doy la vuelta y camino hacia la casa de mis padres.

En la esquina, una parranda se toma la calle. El hermano de Gloria está sentado entre botellas de cerveza. Me hace señas. Me acerco y me agarra del brazo.

Con la voz pastosa por el alcohol, me dice que su hermana me está engañando en mi propia cama.

—Súbete a la moto y te lo pruebo ya mismo —dice.

Dudo. Él arranca la moto y me mira, esperando una respuesta. Me subo.

Llegamos a mi casa. Mi cuñado le da una patada a la puerta y la abre de golpe.

La luz de la luna entra por la ventana. Veo a Gloria con el hombre. Están los dos desnudos sobre la cama que compré con mi trabajo.

Se me congela la sangre. No levanto los puños. No grito. Doy media vuelta y salgo corriendo. Paso al lado de mis hijos, que me miran asustados afuera.

Corro hacia la Troncal de Occidente. El pavimento negro se abre ante mí y las luces de un camión lechero me encandilan el ojo bueno.

Vuelve a mi memoria el décimo asalto de «Memín» contra Phillip Holiday.

Veo el derechazo que lo manda a la lona.

El rugido del motor me retumba en los oídos.

Me lanzo de cabeza hacia los faros.

—Mátame.

La luz blanca parece tragarme por completo.

Quedo como «Memín» en la lona.

Amor, vida y muerte

Amor, vida y muerte

La muerte me esquiva. No acepta mi invitación. El conteo se alarga. No hay campana.

Me levanto de la carretera y empiezo a correr. Paro. Descanso en un andén oscuro y lloro. Repito.

Me dirijo al centro comercial. Busco a Ismael y le cuento lo ocurrido.

—Quédate callado. No hables de eso con más nadie —dice.

De repente aparece otro amigo. Daniel Gómez. Me observa sudado, pálido, destrozado.

—Mane, ¿qué tienes?

—Nada —miento.

—Me acaban de decir que cerca de tu barrio hubo un accidente.

—¿Y hay muertos o heridos?

—No. Solo daños materiales. Un camión lechero se estrelló contra unas mesas de frito.

Respiro hondo. No puedo contarle lo que acaba de pasar.

Mil vasos de café nos arrastran hasta las tres de la madrugada. Mi rincón sigue ahí, como yo: vacío. Con ese olor a derrota que nunca se va.

Afuera, el mundo sigue. Ismael hace sus rondas de vigilancia. Yo cuento las baldosas, esperando otro golpe o el campanazo final que nunca suena.

El nombre que llevo ya no es mío. Soy el que apostó y perdió su casa. El que dejó a sus hijos sin techo. Al que le pusieron los cachos. Al que la muerte no quiso. Y el conteo no para. Uno. Dos. Tres. Sin esquina que me salve.

Sigo remendando zapatos y entrenando boxeadores. No para olvidar a Gloria, sino para no bajar la guardia del todo.

Ella duerme con otro. Fabián tiene seis años y Martha, apenas tres. Temo que mis hijos olviden mi voz. Es lo único que me importa.

Las vergüenzas aumentan, el frío permanece, el foco parpadea. Me acostumbro a resistir. Aprovecho otra invasión y tomo otro terreno.

En el transcurso de un año vuelvo a levantar un cambuche y después consigo construir un techo de palma.

Entonces empiezan a llegar familias desplazadas por la violencia. Vienen casi descalzas, con hambre y sin un lugar donde quedarse.

En el asentamiento Altos del Rosario, donde ahora estoy refugiado, levantan cambuches donde encuentran espacio.

Ellos han perdido sus tierras por la violencia. Yo perdí mi casa por una apuesta.

Entre ellos, una muchacha me llama la atención. Lleva botas, una mochila raída colgada del hombro y un sombrero.

Con los hombres que se le acercan, mantiene la distancia. No regala su confianza.

Sigue cada movimiento del entrenamiento que hago en la calle polvorienta con mis boxeadores. No pide. No llora. Solo observa y desaparece.

Vuelve al día siguiente en la noche, mientras suena la música de pick-up y continúa el baile para financiar mi próxima velada.

Entre el humo de los fritos y el ritmo de la champeta, permanece quieta. Me acerco.

—¿Cómo te llamas? —le pregunto, secándome el sudor de la frente.

—Sandra Serpa Ospino —responde, sin pestañear.

Es muy hermosa y alta. Tiene el cuerpo fuerte, los pasos firmes y una manera cortante de tratar a los hombres que se le acercan.

Llevo tres días con su nombre en la cabeza. Entonces se escucha un tropel. Policías llegan al barrio. La buscan y se la llevan frente a mí.

Vecinos aseguran que se la llevan por sospechas de vínculos con la guerrilla. Busco a Iván Feris, el apoderado de «Memín», y le cuento lo ocurrido.

Iván habla con su hermano Salomón Feris, alias «08», uno de los comandantes del Bloque Córdoba de las Autodefensas Unidas de Colombia.

Algo se mueve. Pasan las horas. Iván me manda a buscar.

—Mane, tienes que ir ya por ella —me dice—. Te la van a entregar.

En la estación de policía firmo unos papeles. La dejan libre con una condición: presentarse cada tres días. Sigue siendo sospechosa.

Sale y me clava una mirada en la que se mezclan la rabia y el alivio.

—Enséñeme a pelear —exige, sin rodeos.

—¿De dónde vienes?

—De Caucasia, Antioquia.

—¿Y por qué eres tan desconfiada, Sandra?

—Porque no todas las personas son buenas.

—¿Qué te pasó?

Sandra tarda en responder. Su historia empieza mucho antes de llegar a Altos del Rosario.

—Mi mamá me dejó abandonada en la finca de su papá. Rubén Darío Serpa Pereira, quien me crio. Cuando tenía ocho años, mi mamá regresó, me llevó con ella y me vendió a un viejo.

—¿Y cómo te trataba?

—Me pegaba para obligarme a estar con él. Yo estaba muy pequeña, Manuel.

 —¿Y nadie te ayudó?

—Unos primos míos me encontraron. Ellos son guerrilleros. Cuando llegaron a la finca, me preguntaron qué hacía allí. Yo les conté lo que me estaba pasando.

—¿Y ellos qué hicieron?

—Querían saber dónde estaba el anciano. Yo les dije que estaba atrás cortando leña. Fueron y lo asesinaron. Me dijeron que tenía que irme con ellos y terminé yéndome al monte.

—¿Cuánto tiempo estuviste con la guerrilla?

—Dos años, hasta que pude escapar y llegar aquí, a Altos del Rosario.

—¿Viniste sola?

—No. Vine con otros tres. Escapamos cuatro.

La entreno. Sus golpes son duros y precisos. En cada entrenamiento parece descargar la rabia que lleva dentro.

Sube al ring. Enfrenta a Martha Baquero y sale victoriosa. Conquista otra victoria ante Rosario Castro y pelea tres veces con Deisy Sierra. Sigue invicta.

Termina otro entrenamiento. Me acerco a ella.

—No estás cómoda en ese cambuche, ¿verdad?

Niega con la cabeza. Le ofrezco quedarse en mi casa mientras sigue entrenando.

—Puedes venir. Vivo solo.

Ella acepta. Sandra tiene doce años. Yo tengo treinta y ocho. Un año después nace «Pipe».

Sandra me lo pasa en brazos y sonríe. Dice que se parece a mí. Yo digo que a ella. Él aprieta mi dedo con su manito y no lo suelta. Pero no todo es calma.

Un hombre ronda la invasión. Es flaco, de barba rala, y deja un olor pesado a su paso. Vive al lado. Dicen que trabaja con rezos, que hace «amarres». Nadie se cruza con él.

Sandra regresa de la tienda con rabia.

—Se me atravesó en el camino —dice—. Me dijo que soñó que yo le pertenecía. Y me aseguró que, si no soy para él, no seré para nadie.

Salgo de inmediato. Lo diviso a lo lejos. Camino a zancadas hasta el lugar donde lo vi, y de repente desaparece.

Solo hay un cambuche. Me asomo. Hay velas derretidas, botellas con líquidos oscuros y estampas pegadas con cinta. El aire se vuelve espeso.

Los días pasan y la tensión afloja un poco. «Pipe» cumple siete meses. El boxeo vuelve a llamar. Hay velada el próximo fin de semana.

Sandra quiere volver a pelear. Todavía amamanta a Pipe.

—No voy a dejar el boxeo. No como tú —me advierte.

Vuelvo a entrenarla, pero a los pocos minutos se marea.

—No estás lista —le digo—. Llevas meses sin entrenar.

—Yo sí voy a pelear.

Llega el día del combate. Sandra amamanta un poco a «Pipe», se pone los guantes y sube al ring.

Enfrente está Darlys Pardo, una boxeadora de Barranquilla. Nuestro hijo queda en brazos de otra boxeadora. Suena la campana. El niño arranca a llorar.

Darlys lanza una combinación de golpes. Sandra cae noqueada en veinticinco segundos. La ayudo a levantarse.

Desde las gradas llueven críticas. Ella se acerca a Darlys.

—Me das la revancha, ¿oíste? La revancha.

Darlys asiente.

—Claro, cuando tú quieras.

—No entrené lo suficiente, pues di a luz hace pocos meses.

La pegadora observa al niño y pregunta asombrada.

—¿Estás recién parida? ¡Tú estás loca! ¿Por qué hiciste eso?

Las críticas no se diluyen. Dos días después, los mareos regresan con más fuerza. La llevo al hospital una y otra vez. Le ponen calmantes y la mandan a casa.

Su estado empeora. Finalmente, la internan. Parece que el cuerpo ya no le responde. Vomita bolas de pelo.

Algunos murmuran que está embarazada otra vez y me señalan como un irresponsable.

Le extraen una masa extraña y la guardan en un frasco de vidrio para analizarla. Cuando van a recoger el frasco, ha desaparecido.

La tierra cae sobre la madera. La entierro con sus guantes puestos. Todo ocurre apenas doce días después del combate.

Darlys está en el sepelio. Acompaña en silencio. Nuestro hijo llora en mis brazos.

Y yo sigo aquí. En pie. Esperando el próximo golpe.

Secuestro, herencia y boxeo

Secuestro, herencia y boxeo

«Pipe» juega en la calle con otros niños. Arrastra su carrito de plástico por el barro que dejó la lluvia de la mañana.

Mientras lo observo jugar, converso con mi primo Kevin. Después de un silencio, cambia de tema y me dice:

—Mi mamá no hizo cena hoy y tengo un hambre tremenda.

—No te preocupes —le respondo.

Kevin se queda en la puerta y yo voy a la cocina. Le sirvo un plato de arroz con queso. De pronto, escucho su grito:

—¡Mane, el niño! ¡Al niño se lo llevan!

Dejo el plato en la mesa y salgo. Busco a mi hijo entre los vecinos que empiezan a agolparse en la calle. Todos señalan hacia el fondo de la invasión, por donde se lo llevan.

Corro hacia allá. Mi ojo bueno no alcanza a distinguirlos. Solo encuentro el monte y un camino estrecho que se pierde entre la maleza.

Grito su nombre. El monte no responde. Apenas me devuelve el eco de mi voz. Me quedo inmóvil unos segundos. Después avanzo por el camino, sin saber hacia dónde buscar.

—Dos hombres se lo llevaron —me dice uno de los vecinos.

—Pasaron con «Pipe» por encima del alambre y desaparecieron entre la maleza —agrega otra voz.

Un policía me acompaña a poner la denuncia. Doy aviso al abuelo materno del niño. Pasan las horas. Llega la noche. Después, otro día.

Sigo buscándolo. Moradores de una finca en El Yeso dicen que han escuchado el llanto de un niño durante las noches.

Recibo una llamada del papá de Sandra, desde Caucasia, Antioquia. Asegura que unos hombres acaban de contactarlo.

—Dicen que tienen a «Pipe».

—¿Y por qué se lo llevaron? —le pregunto.

—Exigen una suma millonaria por su liberación.

Recuerdo lo que dije a los cuatro vientos sobre la herencia que le dejó Sandra.

No sé si mis palabras tienen algo que ver con lo que está pasando, pero la posibilidad no me deja tranquilo.

No dejo de estar pendiente del teléfono. Cada llamada me hace levantar la cabeza. Veintiocho días después, todavía no sé dónde está mi hijo.

Rubén avisa que ya pagó el rescate. Pasa una hora y llega la noticia: los secuestradores dejaron a «Pipe» en las afueras de una finca de El Yeso.

Miembros del Grupo Antisecuestro me trasladan a sus oficinas. Aún tengo que esperar. El reloj parece no avanzar. Quiero abrazarlo.

Por fin llegan otros uniformados con mi hijo. Me informan que lo encontraron entre la maleza, enrojecido por el sol y agotado de tanto llorar. Un médico lo revisa.

Me vuelve el alma al cuerpo. Pero la tranquilidad dura poco. Enseguida llegan funcionarios del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. Evalúan la situación y deciden que Pipe debe quedar al cuidado de sus abuelos. Piden que vengan por él.

Intento acercarme. Pipe mira hacia atrás mientras se aleja acompañado por sus abuelos.

Mis manos empiezan a temblar. Tal vez soy un padre irresponsable. Rubén se devuelve e intenta tranquilizarme:

—El niño es tuyo, pero así son estas cosas. Deja que esto pase y te lo traigo.

Me aferro a esas palabras. Le prometí a Sandra que lo cuidaría. Las semanas pasan y la espera se me hace interminable.

Alguien toca a mi puerta. Son sus abuelos. Han vuelto con Pipe. Lo tengo otra vez frente a mí.

Lo abrazo. No quiero soltarlo. Sus abuelos prometen venir a visitarlo.

No le quito los ojos de encima. Después de lo ocurrido, necesito tenerlo siempre cerca.

Rubén extraña a Pipe y nos invita a pasar unos días en su finca, en Caucasia. Han pasado apenas unos meses desde los veintiocho días en que busqué a mi hijo después del secuestro.

En el pueblo, las conversaciones bajan de volumen cuando aparecen ciertos nombres. Paramilitares. Guerrilleros. Después, una mirada rápida hacia la calle.

Hoy dejo la finca con Pipe y voy al pueblo a saludar a una de sus tías. Apenas cruzo la puerta, la mujer se sobresalta.

—¡Venga! —le grita a su hijo.

El muchacho aparece desde el fondo de la casa.

—Lleva a Manuel al terminal. Tiene que irse ya para Sincelejo. Me avisaron que lo quieren matar y quedarse con el niño.

Me detengo frente a ella.

—¿Y por qué me quieren matar?

La mujer niega con la cabeza.

—No pregunte. Tome los pasajes y váyanse.

Minutos después, el motor de una moto rompe el silencio de la calle. Me subo atrás con Pipe apretado contra el pecho. El muchacho acelera.

Compro los tiquetes y subo al bus con mi hijo en brazos. Cuando el vehículo arranca, miro por el vidrio trasero.

Una moto aparece en la carretera.

Me giro.

Otra vez miro.

Cada vez que el bus frena, busco rostros entre los vehículos que se acercan. Pipe duerme apoyado contra mí. Yo no cierro los ojos.

Llegamos a Sincelejo, pero el miedo se baja del bus conmigo.

Un motor disminuye la velocidad a mis espaldas. Me volteo.

Una puerta se abre. Me detengo.

Camino con Pipe pegado al cuerpo. Durante días, cualquier sombra en el pavimento me obliga a girarme de golpe.

Aprieto a mi hijo contra las costillas y sigo caminando.

Pipe crece entre entrenamientos. Antes que zapatos, le compro guantes. Se los pone y levanta los puños.

Le enseño a pararse firme, a cubrirse el rostro y a responder cuando llegan los golpes.

Al principio todo es un juego. Poco a poco empieza a entrenar con disciplina. Tiene condiciones, estilo y pegada.

Pipe tiene trece años. Participa en su primer Campeonato Nacional Infantil Ricardo Domínguez Cárdenas.

Lo acompaño en el torneo y lo veo avanzar hasta disputar la medalla de oro. Gana. Mi hijo se convierte en campeón nacional infantil.

Al año siguiente regresamos a una nueva edición del torneo con sede en Sincelejo.

«Pipe» vuelve a competir y está a punto de subir al cuadrilátero cuando se acerca un entrenador de Caucasia. Después de saludarme, me pregunta:

—Manuel, ¿te enteraste de que murió Rubén Darío?

Me quedo paralizado. Pipe también escucha la noticia. No pregunta nada, pero ya su cabeza está en otro lado. Su combate está a punto de comenzar.

Enfrenta a Frank Mendoza, de San Antero, Córdoba. No consigue la victoria. La medalla de oro se le escapa.

Después de la pelea, un familiar de «Pipe» me cuenta lo que ocurrió antes de la muerte del abuelo.

La familia se reunió a petición de Rubén. Desde su lecho de enfermo, miró a sus hijos y a sus nietos.

—Falta uno. ¿Dónde está «Pipe»?

Pidió que se lo llevaran. Quería ver a su nieto, pero «Pipe» no fue invitado.

Cuando le cuento lo sucedido, entiende que su abuelo pidió verlo antes de morir.

No sé qué tenía para decirle. Tal vez quería despedirse. Tal vez tenía algo pendiente con él. Esa conversación nunca ocurrió.

Pese a sus condiciones y a las medallas conseguidas en el Campeonato Infantil Ricardo Domínguez Cárdenas de Sincelejo, la Liga de Sucre no lo selecciona.

Toco otra puerta y Bogotá se la abre. «Pipe» se propone una meta: no perder con ninguno de los boxeadores de su tierra.

Es septiembre de 2014. «Pipe» viste los colores de Bogotá en el Campeonato Nacional de Boxeo Junior de Magangué, Bolívar.

Ya tiene una victoria y ahora le toca enfrentar a Francisco Támara, de Sucre. En la esquina, observo cómo Pipe calienta sobre el cuadrilátero.

Suena la campana. Los dos se encuentran en el centro del ring. Pipe busca imponer su ritmo. Cada asalto me mantiene atento.

Cuando termina el combate, la victoria es suya. No alcanza el oro ni la plata, pero se lleva el bronce.

Desde mi esquina, veo algo más que una medalla. Mi hijo representa a Bogotá y vence a un rival de Sucre.

Viajamos a Caucasia. Pipe está a punto de cumplir dieciocho años. Caminamos por una calle del pueblo cuando veo a uno de sus tíos aparecer en su moto.

Lo reconozco de inmediato, aunque lo encuentro más gordo, y lo llamo a los gritos.

Se detiene, apaga el motor y nos acercamos a saludarlo con un abrazo fuerte, de esos que levantan polvo y alegría.

Mira a «Pipe» y le pregunta:

—¿Cuántos años tienes?

—Mañana cumplo dieciocho —le responde mi hijo.

Lo agarra del hombro y le dice:

—Bueno, ya sabes lo que es bueno y lo que es malo. Te puedes quedar a administrar la finca. Allá está lo tuyo, lo de tu mamá. Y ya puedes manejar tu cuenta.

En esa cuenta está el dinero que Sandra deja como herencia a su hijo.

Regresamos a Sincelejo. «Pipe» cumple los dieciocho. Va a una sucursal de Bancafé. Cuando regresa a casa, tiene los ojos fijos en la nada.

Se para frente a mí y me muestra el papel. La cuenta está en ceros. No queda un solo peso de los seiscientos nueve millones.

Pasan unos días. «Pipe» entra a la casa y me suelta la noticia:

—Mataron a mi tío.

«Pipe» deja el boxeo competitivo. Le proponen dar el salto al profesionalismo, pero las ofertas traen una condición innegociable: perder un combate para que otro boxeador pueda subir en el ranking.

«Pipe» dice que no.

Prefiere alejarse del cuadrilátero antes que aceptar una derrota pactada.

La vida toma otro rumbo. Trabaja en un motel y vive solo en la vieja casa que dejaron mis padres. La estructura muestra el paso de los años, pero en el patio todavía retumban los golpes.

Allí funciona el gimnasio.

Cuando las horas se lo permiten, «Pipe» me acompaña a entrenar a los muchachos. Amarra vendas, sostiene las manoplas y corrige una guardia. Ya no pelea por medallas. Ahora está del otro lado, enseñando lo que aprendió desde niño.

Yo vivo en una invasión. Trabajo como zapatero. Paso la lezna por el cuero, arreglo una suela y, cuando cae la tarde, salgo a la calle a buscar muchachos.

Los encuentro en las caletas.

Me acerco con los guantes gastados en las manos.

—Mírelos —les digo.

Se los muestro. Dejo que los toquen, que sientan el cuero viejo, las costuras reventadas y el peso de tantos golpes acumulados.

No hace falta decir mucho más.

Los invito al patio.

Algunos llegan.

Los veo ponerse las protecciones, aprender a cubrirse el rostro y vaciar los pulmones frente al saco. Poco a poco, algunos se alejan de las drogas y encuentran en el boxeo una razón para enderezar el paso.

Otros recaen y regresan al vicio.

Algunos terminan enredados en delitos y acaban tras las rejas de la cárcel.

Pero yo sigo buscando.

Sigo mostrando los guantes.

Sigo invitando al siguiente muchacho a entrenar.

En el patio de esa casa vieja, «Pipe» está a mi lado. La gente me pregunta por qué continúo, por qué insisto si este deporte nunca me deja nada material.

Yo los miro y respondo lo mismo:

—Es mi extraña y terca vocación.

Gloria: nombre ficticio utilizado para proteger la identidad de la persona mencionada en esta crónica.

 

 

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