Una vez más queda demostrado que las regalías son un botín que nadie se atreve a frenar.
MANUEL MEDRANO BARRAGÁN.
El senador Antonio Correa, uno de los pocos que se mantiene pendiente de lo que sucede en las regiones, acaba de decir que «las regalías son un botín», por la forma en que las dilapidan y porque las obras no se ven por ninguna parte.
Es la triste historia que más de una vez he contado y no me canso de repetir. Cuando Coveñas era un corregimiento de Tolú, empezaron a robarse las regalías descaradamente y varios alcaldes terminaron en prisión, sobre todo cuando se convirtió en municipio al separarse de Tolú.
Y Coveñas se separó de Tolú por la corrupción. Todos los recursos se los robaban. Entonces fue peor: todos se apoderaban de las regalías. Fue cuando el doctor Juan Manuel Santos nacionalizó las regalías, quedando Tolú y Coveñas con las mismas posibilidades de obtener estos recursos.
Lo que sucede en Tolú va más allá de lo esperado. Mientras Coveñas se ha ido recuperando y embelleciendo gracias a que los últimos alcaldes han hecho algunas obras, en Tolú hay apatía tanto en los alcaldes como en la comunidad. Es una comunidad conformista, sometida al acostumbramiento. Nada les importa.
Vale la pena recordar que las regalías, bien utilizadas, transforman los pueblos. Hay casos como los ramales de Rincón del Mar y Berrugas, que los hizo el exgobernador Edgar Martínez Romero, y la carretera Sampués–San Benito Abad, que construyó el ya fallecido Julio Guerra Tulena cuando fue gobernador.
Según el senador Antonio Correa, a nivel nacional están dilapidando las regalías y no hay ninguna entidad como la Fiscalía, la Contraloría o la Procuraduría que detenga este desangre. No hay nadie que diga basta. Hay pueblos desolados, como Berrugas, corregimiento de San Onofre, que al visitarlo dan ganas de llorar.
¿Hasta cuándo las regalías seguirán siendo un botín para los gobernadores y alcaldes?
