Colombia cae otra vez en penales en el Mundial 2026, repitiendo la dolorosa historia de Rusia 2018.
El pitazo final resonó en el estadio, pero el silencio que lo siguió fue más elocuente que cualquier grito. Colombia cae otra vez en penales, y el mundo vio cómo la historia, caprichosa y cruel, se repetía como un guión escrito por un destino implacable. Ocho años después de Rusia 2018, el combinado cafetero volvió a tropezar en la misma piedra: los doce pasos.
El partido había sido un duelo de titanes. Noventa minutos de tensión, treinta más de prórroga, y un empate en blanco que dejó todo en manos de la lotería más despiadada del fútbol. Los jugadores colombianos, con el peso de un país sobre sus espaldas, se acercaron al punto penal sabiendo que el fantasma de Rusia los observaba desde las gradas. Y el fantasma no perdonó.
Davinson Sánchez, con la frente en alto, disparó con fuerza. El balón golpeó el poste. El estadio contuvo la respiración. Luego, el Cucho Hernández, la gran esperanza, vio cómo Gregor Kobel adivinaba su intención y desviaba el esférico. Suiza, fría y precisa, no falló. Xhaka, Amdouni, Itten y Vargas anotaron sin titubear. Colombia cae otra vez en penales, y el sueño de los cuartos de final se esfumó como un espejismo.
No fue falta de esfuerzo. Colombia compitió, luchó, sudó la camiseta. Pero los penales, esa prueba de fuego donde el mental pesa más que el físico, volvieron a ser su talón de Aquiles. No es casualidad. Es una herida abierta, un capítulo pendiente en el libro de la selección. Rusia 2018 y México-Canadá-Estados Unidos 2026 quedarán para siempre unidos por el mismo final: la derrota desde los once metros.
El fútbol, a veces, no premia a los valientes. A veces, castiga a los que no logran exorcizar sus demonios o malas caras. Colombia lo sabe. Y aunque el dolor es fresco, también lo es la certeza de que, en cuatro años, habrá otra oportunidad. Porque ningún hechizo es eterno. Pero algunos, como este, solo se rompen con más lucha, más fe, y quizá, un poco de suerte.
