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De oro a cenizas y la fuerza que me salvó

El único boxeador campeón mundial amateur de Colombia desgarra su alma para narrar las batallas que lo forjaron con fuego en la adversidad.

VIDEO: PEQUEÑA INTRODUCCIÓN A LA CRÓNICA ESCRITA (Haga clic abajo) 👇

ÁNGEL MIGUEL PÉREZ MARTÍNEZ.

Suena la campana. No estoy en un cuadrilátero, pero va a haber una pelea. Mis venas se llenan de adrenalina. Todos corren hacia la salida. Yo empujo la silla de ruedas de mi amigo Albertico hacia el patio del Marco Fidel Suárez. Con ínfulas de héroe vengador, detengo el rodante de balineras y dejo caer mi bolso al piso.

Frente a mí está el salón abandonado donde acordé enfrentarme a puños con el matón del colegio. Entro. Mi rival ya me espera. Me acerco y la pelea empieza. Concentrado en su silueta, veo de reojo cómo aparecen, de la nada, tres de sus secuaces. También vienen en pose de combate.

Las trompadas que conecto se diluyen en una ráfaga de golpes que llegan de ellos. Caigo derrotado. Ellos desaparecen rápido, sin ser vistos por los profesores. Corren rumbo a sus casas. Pasan unos segundos. Salgo del salón maloliente y me reencuentro con Albertico. Me mira el rostro y, riendo a carcajadas, dice:

— ¡Mierda, Maturana! Te dejaron la cara como una “Máscara”.

Albertico no para de reír. Yo miro hacia los lados. A lo lejos diviso al profesor de educación física. Actúa como si no hubiera visto nada, pero sé que lo ha visto todo. Paso por su lado con los dedos cruzados. Espero que no diga nada.

— ¡Maturana! —Me llama en voz alta—. Otra vez peleando. Ya no sabemos qué hacer contigo. ¿Aún quieres entrar a un gimnasio de boxeo?

Siento la cara inmensa y pesada. Sin vergüenza le respondo:

—Claro que sí, profe.

Se queda pensativo. Yo vuelvo a empujar la silla de ruedas de Albertico rumbo a su casa.

Transcurren dos semanas y ya todos me llaman “Máscara”. Así me animan ahora cuando peleo dentro o fuera del colegio. Pero empiezo a perder ese extraño sentimiento que forcejeaba dentro de mí con mi risa fácil.

Ahora solo tengo las esperanzas que llevo en esta tarjeta de cartón, empuñada en mi mano derecha. Y la decisión de huir de mi propia agresividad y de la pobreza. También cargo el anhelo de vencer el desamor de mi padre.

Camino varias calles, la mayoría sin pavimentar. Ya escucho una andanada de golpes secos. Vienen del lugar al que he decidido escapar. Allí, seres anónimos lanzan puños contra un saco lleno de arena, intentando arrancarle oportunidades de vida con las que no nacieron.

Son las 2:35 de la tarde de un lunes de mayo de 1973. Después de salir de la escuela y almorzar, camino rápido hacia el Pie de la Popa de Cartagena. Llego a la puerta del gimnasio Chico de Hierro.

Me acerco a un boxeador que, tras acabar su rutina, descansa exhausto afuera. Con mi voz ronca le pregunto por el entrenador Orlando Pineda García. Aún con el vendaje puesto, él extiende su brazo y señala hacia adentro.

Camino hasta quedar al lado del instructor. Al notar mi presencia, descuida el entrenamiento y me mira. Aprovecho:

—Aquí le mandan esta tarjeta. Se la envía mi profesor de educación física, Orlando Herrera.

Pineda recibe el cartón arrugado con recelo. Pasan unos segundos. Sonríe y lee en voz alta:

—Aquí le mando a Miguel María Maturana Machado; devuélvamelo como campeón.

Al fondo se escuchan risas.

—Ah, ya. El profesor Herrera vino antes de ayer y me dijo: “Te voy a mandar a uno de mis alumnos, que más que estudiante puede servir para boxeador”.

Luego me clava la mirada:

— ¿Es porque te la pasas peleando en el colegio, verdad?

Su voz es fuerte, áspera.

—No. Solo defiendo a mis amigos. Al que los vacile, le doy su pescozón —respondo, intentando justificarme.

—Si vas a ser boxeador, no puedes seguir peleando en el colegio ni en la calle —advierte.

—Dejaré de pelear —le digo, mirándolo a los ojos, casi suplicando.

Vacila un segundo.

—Ven mañana a entrenar. Pero si sé que armaste lío en el colegio o en la calle, te largas de mí gimnasio.

Se aleja.

Lanzo un grito y tiro puños al aire. Regreso a casa. Veo a mi mamá cosiendo vestidos para pagar el arriendo y la comida.

“Cuando sea campeón mundial, le daré de todo para que no trabaje más. Le compraré una casa grande en un barrio bonito”.

Ella sigue inclinada sobre la máquina.

“Mi papá no necesita nada. Tiene buen trabajo, reputación y otra familia a la que no pertenezco. Pero haré que se sienta orgulloso de mí. Tal vez así deje de escondernos a Mercedes, María, Ever y a mí, sus hijos ilegítimos”.

“Sé que si entreno fuerte lo lograré. El estudio no es lo mío. El colegio es una prisión. No aguanto ni treinta minutos sentado. Los profesores dicen que tengo hiperactividad”.

Camino al gimnasio con una pantaloneta de mi color favorito, aunque tiene un pequeño agujero atrás. En mi bolsa llevo también unas botas igualmente azules, desgastadas. No me importa. Y en las manos, vendas de trapo.

Entro y me topo de frente con el entrenador Pineda. Me mira sorprendido diciendo:

— ¿Ajá? ¿No te dije que vinieras al día siguiente? Es decir, el martes. Y hoy ya es sábado.

—Profe, no encontraba quién me regalara una pantaloneta. Se me fueron pasando los días hasta que conseguí todo lo que necesitaba —le explico.

No responde. Con indiferencia me ordena veinte minutos de velillo para calentar. Ahora me enseña los cuatro golpes básicos del boxeo. Hoy no le pegaré a nada. Solo al aire.

Con los días, la constancia convierte el boxeo en rutina. Una rutina dulce. Me llena de ilusiones. Me enseña que la vida es un lugar en el tiempo donde hay que pelear por los sueños, incluso cuando parecen inalcanzables.

Mi registro de combates oficiales crece rápido. Deja atrás un viejo historial de peleas callejeras que queda detenido. Pineda y mi profesor de educación física se asombran. Yo no. Yo me concentro solo en entrenar.

A “Pine” lo veo cada vez más entusiasmado. Sabe de boxeo. Cree en mí. Aprendo algo nuevo todos los días, aunque a veces me fastidia con consejos, como si yo fuera un niño. Y ya tengo diecisiete.

Intenta llenar el vacío que deja la ausencia de mi padre. Quiere enseñarme a respetar. Yo sigo siendo irreverente. No le como cuento a nadie. A mis amigos eso los divierte.

El gimnasio Chico de Hierro se ha convertido en mi hogar. Aquí me ayudan a superar mil dificultades para no dejar morir mis metas, pero llega el momento de despedirse.

“Pine” me remite a un club llamado El Terminal. La decisión me enfurece. Recapacito. Entiendo que, al enviarme allí, está buscándome un futuro mejor como boxeador.

—Allá tendrás toda la implementación que necesitas. La que no he podido darte aquí —me dice.

Me mira como siempre. Sincero. Esta vez, con tristeza en sus ojos de miel.

Es 11 de julio de 1981. Cumplo veintidós años. Debajo del viejo colchón encuentro mi gran tesoro: dos medallas de campeón nacional. Una dice Medellín, 1978. La otra, San Andrés Islas, 1979.

Por fin encuentro mi morral. Lo lleno con mis mejores uniformes. Voy a viajar a Bogotá. Estoy preseleccionado para el Primer Suramericano Amateur, clasificatorio al Mundial. Solo pensarlo me acelera el corazón. Puedo llegar a representar a Colombia.

El equipo nacional queda en manos de Orlando Pineda García, nuevo seleccionador de la Federación Colombiana de Boxeo. Sí. Voy a reencontrarme con “Pine”, mi viejo entrenador.

—Maturana, recuerda: aunque eres muy bajo para tu categoría, tienes características anatómicas especiales. Eso te hará grande en el boxeo —me dice en el primer entrenamiento con la Selección Colombia.

Con guardia adelantada recorro el cuadrilátero sin levantar los pies. Mi espíritu juguetón y retador me sigue. Persigo al venezolano Antonio Suárez en el último asalto de la final del peso gallo. Es sábado 29 de agosto de 1981.

Los segundos se hacen eternos, aunque voy ganando la pelea. Suena la campana. Regreso a mi esquina. “Pine”, emocionado, me alza el brazo. Pasan unos minutos. En el centro de la lona, el juez principal me declara ganador. Soy campeón de Suramérica. Clasifico a la Copa Mundo de Montreal.

Suspendido en el vacío, después de casi tres meses de preparación, miro la camiseta de “Pine”, sentado a mi derecha. Luego miro la mía. Ambas son azul con blanco. En el pecho, en letras grandes, dice: Suramérica Team. Es mi primer viaje en avión. Vamos rumbo a Canadá. Voy lleno de energía. Quiero dejar el nombre de Colombia bien alto.

Cae el telón de la tercera jornada de la II Copa Mundo. Sigo invicto con tres triunfos. Hoy le gané 5-0 al canadiense Billy Rannelli. Mañana enfrento al filipino Legtpet Tavon en semifinales.

— ¡Pine! ¡Pine! ¡Voy a pelear la final! ¡Voy a pelear la final!

Lo sacudo mientras duerme. Hace poco regresamos al hotel, después de asegurar la medalla de plata.

—Sí, Maturana, ya acuéstate. Descansa. La gran pelea es mañana.
—Y déjame dormir, que me siento resfriado
—dice, medio molesto, envuelto en una frazada.

Regreso a mi cama. Me meto bajo las cobijas gruesas. El frío canadiense se me mete en los huesos. Sé que no voy a dormir. Esta emoción va a quedarse despierta conmigo durante horas.

La temperatura sigue bajando con el paso de la noche. Dentro de mi cuerpo empieza a subir un calor extraño. Una incomodidad íntima. Me toco. Siento algo raro. Es una bolita.

—“Pine”… “Pine”… siento como si tuviera fiebre —le digo al oído, saltando aterrorizado de la cama. No me escucha. Duerme profundo.

Amanece el 18 de noviembre de 1981. Con la luz, confirmamos que algo no anda bien. “Pine” está congestionado. Tal vez por ese frío helado que nos golpea cuando salimos a trotar.

Yo todavía siento fiebre. Decidimos esperar que pase sola. Desayunamos y volvemos a la habitación. “Pine” se pone serio. Dramático. Me hace sentar frente a él.

—Cuando regreses a Colombia —me dice— encontrarás tu nombre escrito con luces de neón, como las vitrinas que has visto aquí: “Miguel ‘Máscara’ Maturana, campeón del mundo”.

Sonrío. Él no.

—Estás muy cerca de quedar en la historia de Colombia, si te coronas como nuestro primer campeón mundial de boxeo aficionado.

La fiebre baja. Las dudas también. No es solo por lo que dice. Una fuerza me sostiene como siempre.

La ilusión me llena el cuerpo. Me muestra la gloria. Casi puedo tocarla. Decidimos seguir, dar hasta la última gota de sudor por ella. y «Pine» lanza otra de sus frases:

—Primero se gana. Después se llora. Nunca al revés.

Sentado en el banquillo de la esquina roja, espero el inicio del primer asalto. Es mi quinta y última pelea en el mundial. He llegado tan lejos que todavía no lo creo.

No tengo fuerzas. El cuerpo está cansado. Pero quiero algo más que la medalla de plata. Al frente está mi rival. Chang Im Suk. De Corea del Sur. Lo reparo y le observo la cabeza grande. Mientras, “Pine” sigue inyectándome ánimo, recordándome mis fortalezas, empujándome hacia el título.

Suena el primer campanazo. El sonido de metal se queda colgado en el aire. Oculto mi debilidad. Me levanto. Choco guantes. Lo miro fijo y pienso: “Este cabezón no me va a ganar”.

Empieza el combate. Absorbe mis golpes sin retroceder. Por algo venció al cubano Luis Delis, el favorito del torneo. Termina el primer asalto. Regreso a mi esquina, casi sin ser tocado, aunque más cansado.

Frente a mí tengo una muralla que se endurece con cada round. “Pine” me abanica con la toalla para bajar la fiebre. Para devolverme el alma.

—Tú tampoco retrocedas —me dice—. Golpéalo.
—Él espera un golpe de suerte.
— ¡Ya es el último round!

El Arena Maurice Richard tiembla. En las peleas anteriores gané algo más que victorias. Simpatía. Respeto. Desde las gradas me empujan con gritos boxeadores de otros equipos. Y sé que algo más me sostiene.

La pelea termina. Siento que fui superior. No tanto como en otros combates. Tal vez sea suficiente.

El árbitro me pone a su izquierda. Chang Im Suk queda a la derecha. El juez anuncia el veredicto: 3-2. A favor de Miguel Maturana, de Suramérica.

Me suelto de la mano del hombre del corbatín. No miro atrás. Saco fuerzas que no sé de dónde vienen. Por primera vez no me lo pregunto. Salto. Tan alto que beso el cielo. Rompo lo efímero. Me vuelvo inmortal. ¡Soy campeón del mundo!

Miguel "Máscara" Maturana, campeón mundial aficionado

Miguel «Máscara» Maturana, pega un gran salto al ser proclamado campeón del mundo. //Cortesía.

CELEBRACIÓN Y NOCAUT

Me deleito con las mieles de la medalla de oro en la ceremonia de premiación. Vuelven a llamarme. Esta vez me proclaman segundo boxeador más técnico de la Copa del Mundo. En la votación solo me supera Carl Williams, campeón mundial del peso pesado.

Regreso pletórico al hotel con la Selección de Suramérica. Hay otros cuatro colombianos, venezolanos, un argentino y un ecuatoriano. Ellos traen bronces. Celebran como propia mi presea dorada.

Si anoche no dormí por asegurar la plata, esta noche no cerraré los ojos. Temo despertar y que todo esto haya sido un sueño. No me alejo de mi medalla. Dormiré con ella colgada hasta el amanecer.

Todos se acuestan después de ducharse. Yo voy al baño. Con agua intento apagar la fiebre y ese dolor que ya no me deja sentarme.

— ¡Ay!, ¡ay!, ¡ay! —grito, levantándome del inodoro.

“Pine” despierta y corre al baño. Pregunta:

— ¿Qué te pasó, Maturana? —Se asoma y ve la sangre en la taza.

De inmediato lanza otra pregunta:

— ¿Te cortaste?

—No, yo mismo me rompí una bolsita que tenía en el ano —contesto, angustiado.

Desconcertado, busca un rollo de gasa para que me cubra la herida. Razona unos segundos, y dice:

—Ah, por eso tienes fiebre. Mañana, cuando regresemos a Colombia, haré que te revise el médico de la Federación.

Vamos a casa.

—Tal vez se te formó una hemorroide porque al principio te bañabas con agua demasiado caliente en el hotel —me dice “Pine” en voz baja en el avión que nos lleva a Barranquilla. Cartagena nos espera por tierra.

Aterrizamos, “Pine” coloca una de sus manos sobre mi hombro izquierdo y me expresa:

—Cuando lleguemos a Cartagena la gente te va a esperar y a tratar como si fueras un héroe. Tú ten cuidado con eso, no pierdas la humildad y pórtate mejor que antes, porque serás un ejemplo para los demás deportistas.

No me salen palabras; solo bajo la mirada y asiento con la cabeza.

Siento olor a mi tierra y despierto. Estamos entrando a Cartagena. El retén de Doña Manuela aparece a lo lejos, rodeado de gente. Aficionados, amigos, curiosos. “Mis paisanos me quieren”.

Me bajan del vehículo. Me suben al carro de bomberos. Aplausos. Abrazos. Manos que me tocan. No entiendo todo lo que dicen. Solo sé que están felices. Sonrío.

Entre pancartas, sirenas y luces, cruzamos la ciudad en caravana hacia el Hotel San Felipe. Habrá recepción y una rueda de prensa.

Autoridades que no conozco me felicitan. Un periodista pregunta qué viene ahora para mí.

—Los Juegos Olímpicos de Los Ángeles —respondo—. También quiero ser campeón olímpico.

La rueda termina. El último periodista se pierde entre la gente que todavía está festejando fuera del hotel. Entonces lo veo. Inexpresivo entrando al lobby. Lo saludan y hasta lo felicitan. Él no responde.

Es mi padre: el profesor Miguel Maturana. Voy hacia él. Lo abrazo. Mí gesto vuelve vacío. Intento salvar el momento mostrándole la medalla. El diploma.

Mira alrededor. Se asegura de que no haya periodistas. Y dispara:

—Preferiría un diploma de bachiller a este cartón sin validez que te dieron por darte golpes como una bestia con otro bárbaro, y fuera de eso, tras de nada.

La alegría se apaga. Se va. Siento cómo se escapa del pecho, como una mariposa que no regresará jamás. “Pine” lo nota. Interviene.

—Usted puede pensar lo que quiera del boxeo —le dice—, pero eso es un prejuicio. Este deporte lo practican personas con títulos universitarios en todo el mundo. No son bárbaros. No son ignorantes. No son menos.

Mi padre lo mira con rabia. Quiere pegarle. No lo hace. Pero el nocaut contra mí ya está decretado.

—Y permítame decirle algo más: usted es profesor de matemáticas, y si se muere mañana, dentro de un año nadie —salvo su familia— lo va a recordar. En cambio, este muchacho ya hizo historia. A él nadie lo va a olvidar.

Entonces, lo mejor que usted puede hacer es apoyarlo para que continúe su carrera deportiva y animarlo a regresar al colegio.

—De todas maneras, a mí no me gusta el boxeo; esa es una actividad para salvajes —remata mi padre.

Su temperamento severo da por terminada la conversación y su visita.

“Pine” y otros miembros de la Federación me consuelan. Me dicen que no le dé importancia al episodio. Aun así, lo dicho por mi padre resuena en mi cabeza. Estoy ensimismado.

La realidad me cae encima con más furia. No tengo fuerzas. Se me quedaron entre golpe y golpe, mientras creía que el ring iba a saldar mis carencias.

Mis nuevos días se parecen a los de antes. En el gimnasio ya no solo se escuchan golpes, sino voces del boxeo profesional. Hablan de contrato, firma, dinero.

Me aconsejan y me empujan a dar el salto. El amateurismo no deja nada. Quedo parado entre dos caminos: los Juegos Olímpicos o un contrato, dinero, la casa para mi madre. No lo digo en voz alta, pero mientras los escucho, ya sé hacia dónde empiezo a caminar.

Firmo contrato con un empresario de Córdoba. Me entregan un millón cuatrocientos mil pesos. Nunca he visto tantos billetes juntos. Los deposito en una cuenta a nombre de mi papá. Se sentirá orgulloso de mí.

¡Llegó el día! El periódico de este viernes 2 de abril de 1982 lo anuncia:

“El campeón mundial aficionado de boxeo en el peso gallo y mejor deportista del año 1981 en Colombia, ‘Máscara’ Maturana, debuta esta noche como profesional en Cartagena”.

Miguel Maturana mejor deportista del año 1981 en Colombia

Miguel Maturana fue el mejor deportista del año 1981 en Colombia.// Cortesía.

Mi récord se abre con un nocaut sobre Johnny Jackson. Caen Guillermo Ramos, Pedro Barrera y René Merced. Completo cuatro peleas en nueve meses. Todas ganadas.

A punto de subir al ring por el quinto triunfo, miro a mi esquina. “Pine” no está. Su ausencia me devuelve a aquella discusión:

—Maturana, dicen por ahí que andas con un boxeador que consume drogas. Apártate de esa gente. Eso no te conviene.

Lo escuché, pero no cedí. Me ganó la soberbia.

—Profesor, le voy a pedir un favor. Ocúpese de mis entrenamientos. De mis amistades me encargo yo.

Me miró fijo. Dolió más que lo que venía.

—¿Ah, sí?

Desde hoy dejo de entrenarte.
Se fue decepcionado.

Yo me quedé creyendo que podía solo.

Y aquí estoy.

Mi quinta batalla está por comenzar. Es contra Rubén Darío “El Huracán” Palacio. Nos jugamos el título nacional gallo. La Plaza Monumental de Cartagena está llena. Aquí mis aficionados ya me han ovacionado hasta la gloria tres veces. Hoy, sábado 18 de diciembre, no será la excepción.

Después de esta pelea cumpliré mi sueño. Le daré la casa a mi mamá. “Pine” me ayudó a encontrarla. Está en barrio La Consolata. Cuesta un millón cien mil pesos. Solo falta pagar y recibir la escritura.

Está a punto de terminar el octavo round. Tengo a mi contendiente en malas condiciones. De pronto, me conecta un volado de derecha. Me deja tambaleando. Suena la campana.

Observo que mi rival se niega a seguir peleando. Su entrenador lo obliga. Se levanta del banquillo para el noveno round. Yo hago lo mismo.

El cansancio llega en el peor momento de una pelea que voy ganando. Nos enfrascamos en un intercambio de golpes. El público se pone de pie.

Mis piernas flaquean. La guardia me traiciona. Un recto, un huracán, me arrasa la cara. Caigo a la lona. El árbitro detiene la pelea. Ve que ya no puedo continuar. La victoria se esfuma.

El remordimiento me llena la cabeza de imágenes de las semanas antes de esta pelea: Fogatas en la playa. “Viajes” humeantes. Estoy con Mario Miranda.

En esas imágenes de salidas clandestinas imito a mi ídolo y amigo. Lo acompaño a disipar la amargura con yerbas no muy santas. Lo acompaño a cargar la derrota que sufrió hace tres meses ante el boricua Juan Laporte en Nueva York.

Ahora soy yo el que no ve salidas. El mundo se me viene encima. Es la peor de mis noches. Camino sin rumbo. No busco nada en particular. “Enloqueceré si no encuentro algo que de verdad me calme”.

La desesperación escucha mi mente y decide por mí. Me toma de la mano y me lleva a un prostíbulo a consumir marihuana tres días.

Miguel María Mascara Maturana Machado

Miguel María «Mascara» Maturana Machado./ Cortesía.

SANGRE TRAICIONERA

Una gran impotencia me consume por dentro. Me sumerjo en una rabia intensa que me empuja hacia la locura. Intento quemar el colchón donde duermo; no prende. Arrojo mi diploma hasta verlo destrozado. Ya vendí por unas monedas mi medalla de campeón mundial.

Al otro lado, mi madre llora, sentada en una silla en la sala de la casa.

“Pine” se entera de mi “acto esquizofrénico”. Alguien de mi barrio seguro le contó. Vino a verme de inmediato. Pero no me encontró.

Su incertidumbre lo obliga a intentarlo otra vez. Esta vez me halla en casa. Estoy solo, perdido en la depresión que deja ese último humo de la marihuana que escala por el aire y se despide con una carcajada.

Él no guarda resentimiento. Me toma del brazo y me saca a caminar sin rumbo fijo. Recorremos varias cuadras en silencio. La tarde es calurosa. De pronto recuerda que cerca vive su amigo Jesús Felfle. Vamos a visitarlo.

El abogado y réferi de boxeo nos recibe con refrescos. «Pine» aprovecha para preguntarme por mi mal comportamiento. Yo le comento:

—Esta mañana fui donde mi papá a pedirle autorización para retirar cincuenta mil pesos del dinero que puse a su nombre y me respondió: “Ya no te queda nada de esa plata”.

La rabia me ganó. Le tiré piedras a su casa. Después, alguien se me acercó y me susurró: El profe tomó ese dinero para pagar el tratamiento médico de su hijo, el que tiene polio”.

Enseguida “Pine” le pide a Felfle que nos acompañe a hablar con mi padre. Vamos.

—Yo le daba la plata porque venía a amenazarme con un cuchillo —responde mi padre—. Eso seguro era para comprar droga.

— ¿Y cuánto le daba usted? —pregunta “Pine”.

—Lo que me pedía: cincuenta mil, cuarenta mil o treinta mil.

Mi padre habla de espaldas a su puerta. La sostiene medio cerrada con una mano.

—Pero yo solo me ausenté del país cuarenta y cinco días —replica “Pine”—. Y cuando me fui, “Máscara” estaba bien.

Hace una pausa y añade:

—No sé cuánto sea un millón cuatrocientos mil pesos en marihuana, pero debe ser bastante. Tanta que Maturana no se la pudo haber fumado en mes y medio.

—Además —continúa—, usted dice que él lo amenazaba con cuchillo para que le diera la plata. Pero para dársela, primero tendría que haber ido al banco a sacarla.

Mi padre guarda un silencio que confirma la pérdida de mi alhaja. Queda al descubierto su sagacidad. La misma que usó para tener dos familias: una en la opulencia y otra casi en la mendicidad.

“No pude cumplirle a mi madre la promesa de regalarle una casa”. Me hundo más en la marihuana. Regresa la agresividad. Dejo los entrenamientos.

Pasa un año.

En este infierno nada me da paz. Paso de la risa a carcajadas al ceño fruncido en segundos. Salpico a otros con mi amargura. Se alejan. Piensan que me volví loco. Que soy peligroso.

Tengo pocos momentos sin ansiedad. Este es uno. Quiero aprovecharlo para sentirme normal. Aunque sea por unos minutos. Ya no es posible. Un amigo llega a visitarme en el gimnasio donde trabajo como celador.

Sin prisa, trae recuerdos. Reconstruye mis hazañas. Luego compara sin piedad al hombre corajudo que fui con el que soy ahora. Enseguida despierto como de una pesadilla. Una fuerza en mi interior me empuja a buscar ayuda.

Por primera vez en mucho tiempo vuelvo a trotar. Anoche cumplí un mes más de terapias en Alcohólicos Anónimos. Propongo pequeñas metas a mi escasa voluntad para volver al cuadrilátero.

Después de casi un año y medio regreso a los ensogados. En cuatro meses hago seis combates. Gano cinco. Empato uno. El balance hace cómodo mi retorno. No festejo. Tengo miedo. Temo caer otra vez en la pesadilla.

«Para volver a ese mundo oscuro bastaría una tentación». Sin saberlo, la descubro pegada detrás de las orejas. Mi propio entrenador me agasaja con mujeres, ron y drogas. Creí estar a salvo. El abismo me seduce. Caigo de nuevo.

Más engañado que antes, meto mi carrera boxística en el laberinto de la drogadicción. Ahora consumo una sustancia más potente: “basuco”. Sabré estar en el boxeo sin entrenar. Mi físico y mi técnica me sostienen. ¡Lo estoy logrando!

Hago nuevas peleas. Gano la corona de campeón nacional Gallo. Quedo ranqueado para disputar el título mundial de la Federación Internacional de Boxeo. Será el 15 de mayo de 1987, ante mi público en la Plaza de Toros de Cartagena, subiré al ring.

“No pasé del quinto asalto de los quince pactados”, me digo tirado en la lona, frente al estadounidense Kelvin Seabrooks. El nocaut me deja confundido. La afición sospecha de mi vínculo con la droga, pese a que la pelea iba cerrada.

Mi apoderado me cambia de entrenador, y el nuevo es peor, me trae droga al mismo gimnasio. Sumo dos triunfos más, caigo otra vez. Pierdo ante Luis “Chicanero” Mendoza. Sin entrenar y las 122 libras las di a punta de “basuco”.

Reflexiono sentado, cabizbajo, en un taburete recostado a la pared del gimnasio:

«En la última década mi carrera se ha ido a menos. Tengo más victorias que derrotas, pero por primera vez tengo dos caídas consecutivas.

En la última década, mi carrera decayó. Llevo dos años sin pelear, todo el dinero lo consumí en cocaína, la que me acompaña desde 1991. Y el delito hace parte de la adicción.

De reojo veo a alguien entrar al gimnasio. Giro la cabeza. Es “Pine”.

—Oye, “Máscara”, necesito hablar contigo.

Su saludo es efusivo. Borra en segundos años de distanciamiento. Su rostro es serio.

—Un policía amigo mío me dijo que estás sentenciado —me dice—. Que en cualquier momento te van a matar si sigues robando en Chambacú.

— ¿De verdad, “Pine”? —pregunto. Mis ojos se abren como platos. Estoy asustado.

—Sí. Dicen que te metes a las casas a robar macetas y cuando te descubren, las tiras y las rompes.

Hace una pausa.

—Los vecinos yate  denunciaron. Dicen también que andas atracando a la gente con machete.

“Pine” me invita a una tienda frente al gimnasio. Comemos pan con chicha. Terminamos. Nos miramos. Sin pensarlo, lo abrazo. Lloro.

— ¿Ajá, y por qué lloras? —me pregunta con su cariño de siempre.

—No joda, “Pine”. Estoy perdido en la droga. Quiero dejarla, pero no puedo.

— Mira, Leónidas también está en el vicio y cuándo le hace falta la dosis y no tiene plata el hijo del “Perro” y sus amigos se aprovechan de él. Lo obligan a que les haga sexo oral a cambio de la droga.

Baja la voz.

—Dicen que hasta lo han violado. Si tú no quieres terminar como él, retírate de eso — Me dice “Pine” con carácter.

Quedo mudo. Miro lejos. No quiero acabar como Leónidas. Las palabras de “Pine” me arden por dentro. No me abrazan. Me empujan.

Siento una fuerza que no viene de la droga. Viene de mí. Pequeña. Terca. Pero suficiente para dar un paso atrás del abismo. No sé cuánto durará. Solo sé que ahora mismo quiero salir.

Miguel Mascara Maturana

Miguel «Máscara» Maturana Machado.// Cortesía.

PUNTO DE QUIEBRE

Me alejo del vicio. Al despertar, cuento los días sin consumir para sumar uno más. La ansiedad regresa. Cada vez más fuerte. Y yo la detengo. Me repito que la cabeza es mía. Que el control es mío, no de ella.

Hoy la dependencia vuelve inmensa. No sé si podré escapar. Pienso en robar otra vez para comprar cocaína. Parece la única salida para calmarla.

Corro al gimnasio “Chico de Hierro”, a ver entrenar, para escapar. Tal vez así logre espantar esta agonía. Desde la puerta veo a tres pugilistas entrenando.

Carlos Arturo Osorio está recostado en una silla. Tiene la gorra sobre el rostro. Parece dormido. Mi espíritu juguetón reaparece. Me empuja. Me acerco en silencio. Le quito la gorra y salgo corriendo.

Él reacciona. Sale detrás de mí, adormitado. Llegamos a la calle. No es maldad. Es un intento desesperado de sentirme yo otra vez. De recordar otros tiempos.

Me detengo. Él me alcanza. Forcejeamos. Le tiro la gorra al suelo. La piso. Provoco su enojo. Es mi amigo. También es mi entrenador. Acostumbrados a estos juegos rudos.

La refriega termina. Carlos vuelve débil al gimnasio. Se sienta. Martín Valdés le trae un plato de sopa. Solo bebe un sorbo. Dice, con voz temblorosa, que se siente muy mal.

Entre varios lo cargamos. Lo llevamos al Hospital San Pablo. Lo estabilizan. Permanece seis horas en observación. Varias veces intenta bajarse de la camilla. Pide que le quiten las sondas. Quiere irse a casa.

En su casa, Carlos pasa bien la noche del viernes, también la mañana de este sábado 25 de agosto de 2001. En la tarde le viene un fuerte dolor en el pecho.

Sus familiares lo llevan a la Clínica Madre Bernarda. Allí no lo quieren recibir.

“Los familiares del entrenador corrían a llevarlo a otro centro asistencial cuando, desafortunadamente, falleció en el camino”: dice el desenlace de la noticia.

La información se esparce como pólvora. Corre por Cartagena, por el país, por el mundo. Y lleva un señalamiento directo contra mí. Me hacen responsable de su muerte.

En los periódicos y en la televisión dicen que yo le di golpes en la cabeza contra una pared. No es cierto. Quienes dicen eso ni siquiera estuvieron allí.

Yo no hice tal cosa. Me lo repito cada segundo. Intento convencerme de que no soy un asesino. El miedo a ser linchado me obliga a esconderme. Mi conciencia, limpia, me empuja a entregarme.

Las autoridades siguen mi rastro. Abren un proceso judicial por homicidio culposo. La denuncia la presentan familiares de Carlos.

Me declaro inocente ante la Fiscalía. En la audiencia se conoce el dictamen de la necropsia. Señala que Carlos murió por un paro respiratorio. La causa: obstrucción pulmonar, presión arterial alta y problemas de salud previos.

Llevo detenido una semana. Una semana eterna. De repente, llega una buena noticia. Soy absuelto. Me devuelven la libertad. Pero mi vida ya está destruida.

Mis alas no sirven. En Fredonia, Chiquinquirá y República de Venezuela, barrios donde vivía Osorio, la gente se organiza para atraparme. Quieren justicia. Quieren sangre.

“Pine” se mueve entre esa multitud embravecida. Es el único que cree en mi versión. Está aquí. Vino a advertirme.

—Maturana, ¿tu familia está en Sincelejo, verdad? —me pregunta.

Asiento.

—Tú deberías irte para allá y no volver más a Cartagena.

Hace una pausa.

—Aquí hay mucha gente que quiere que pagues con tu vida la muerte de Osorio.

Me lo dice como un padre.

Le hago caso.

UN INSTANTE DE LUCIDEZ

Enseguida pienso en Betty Narváez Terán:

Me ha soportado demasiadas cosas. Tenemos una hija de nueve años.

Hace tres años se fue enojada para la vereda La Esmeralda de Colosó, su tierra.

Ese día me encontró una bolsa de cocaína y, de la rabia, me hirió con un cuchillo en la mano izquierda.

Un tiempo después fui a su pueblo con el pretexto de ver a mi hija. Le recordé los momentos que pasamos juntos en Cartagena. Le prometí no volver a consumir drogas.

Me dio su perdón. Reconquisté su corazón. Me quedé viviendo allá con ella.

Y hace cuatro meses asesinaron a varios de sus familiares.

Nos salvamos por su idea: vestirnos con ropa oscura todas las tardes y dormir fuera, en los cañaverales, cerca del pueblo. Así evitamos que nos masacraran, como hicieron con muchas familias.

Después, mi suegra compró una casa en el barrio Villa Mady, en Sincelejo, para huir de la violencia de los Montes de María.

La casa tiene una sola habitación. Allí nos alojamos catorce familiares.

Luego, Betty y yo levantamos un ranchito en un lote prestado, al lado de un arroyo que en invierno se desborda y se lleva nuestras gallinas y los cerdos.

Cada mes yo venía a Cartagena a cobrar un auxilio de la Alcaldía. Pasaba por el gimnasio, limpiaba lo poco que aún tenía allí y regresaba a Sincelejo.

Pero esta vez sentí de nuevo ganas de drogarme. Me asusté. Caminé rápido hasta el Chico de Hierro a ver entrenar.

Entrando al gimnasio vi a Osorio dormido, con la gorra sobre la cara. Y pensé en hacerle esa broma que se convirtió en mi peor pesadilla.

Respiro hondo.

A DONDE NO ME ENCUENTREN

Vivo con el cuerpo en alerta. Duermo poco. Camino rápido. Miro dos veces antes de cruzar una calle. En este destierro aprendo a no hacer ruido.

En medio de todo, en una ciudad que no es la mía, nace Carmen. La cargo en brazos. El miedo no se va; al menos ya no manda solo.

Amanezco en el mercado con bultos sobre la espalda. La mañana se me va en fuerza. La tarde me pide la voz para vender las rifas de Betty. Las monedas caen despacio.

En Sincelejo me reconocen. Algunos me dicen “campeón”. Otros no perdonan. En el estadio, mientras recojo bolas detrás del home, la sentencia cae desde las gradas:

— ¿Para eso quedó el campeón mundial? ¡Asesino!

Aprieto los dientes. No volteo. Sigo trabajando. Esta es mi pelea de ahora y debo ganarla todos los días.

Cae la tarde. Termino otra jornada de vender boletas. Pero hoy el aire se siente distinto. Una cosa me oprime el pecho.

El terror ha regresado, silencioso. Delirios de persecución vuelven como un eco que no se apaga. Me repito “yo no maté a Carlos Arturo Osorio”.

En mi barrio comentan que un hombre ha ido varias veces preguntando por mí. Va y viene. Observa. No me encuentra.

Camino sin ganas de volver a casa. Debo hacerlo. Cruzo el Parque Santander. Paso por el atrio de la iglesia San Francisco de Asís. Bajo los escalones decidido a cruzar la calle.

De repente, una camioneta blanca se me atraviesa.

— ¡Maturana! Súbete.

La voz viene de adentro. Miro alrededor. Busco salida para huir. No la encuentro.

—Súbete, vamos a hablar.

Las piernas no me responden. No me queda otra  que hablar en voz alta para que todos escuchen:

— ¿Usted es el que me anda buscando? ¿Para qué, para matarme?

El hombre baja. No tiene armas. Se acerca. Me abraza.

—Te ando buscando porque quiero regalarte una casa.

Me cuenta que, hospitalizado, leyó en El Tiempo una crónica de Estewil Quesada sobre mi situación. Le prometió a Dios que, si salía con vida, ayudaría a alguien. Ese alguien soy yo.

Como quien recibe oxígeno, acepto la casa. No expreso mucho. Por dentro lloro. Entiendo que no todo está perdido.

Sincelejo sigue conmigo. Pasan cuatro años. Con mis cincuenta entro al programa Glorias del Deporte. Cobro mi primera pensión vitalicia por mi título mundial amateur.

Algunos no festejan: dicen al Gobierno nacional que mi título no vale, como aquel día mi padre. Amigos sincelejanos celebran conmigo, ellos alzaron la voz por mí. Ganamos.

Con mi jubilación, Betty, la mayor, cursa la carrera de psicología. Carmen sueña con ser administradora de empresas.

Miguel María "Máscara" Maturana, tras accidente.

Miguel María «Máscara» Maturana, tras accidente.// Cortesía.

Es miércoles, 11 de septiembre de 2013. Voy como parrillero en una mototaxi. Súbitamente un fuerte golpe convierte todo en oscuridad.

Sin saberlo, estoy entre agua sucia, lodo, piedras y sangre; mi cuerpo no se mueve. Escucho voces lejanas repitiendo frases que no entiendo.

Ahora las oigo cada vez mejor, es como si me estuviera acercando a ellas, y ya hasta entiendo sus palabras.

Son almas reprendiendo sin cesar a la muerte. Me alejo de nuevo; es una dura batalla contra una fuerza descomunal ya vencida.

Estoy cerca otra vez; abro los ojos y escucho gritos de júbilo. Al fondo se oye la sirena de una ambulancia. Viene a recogerme.

Paramédicos y policías me sacan del arroyo a adonde fui a parar. Los uniformados son ayudados por las mismas personas que oraron para que volvieran mis signos vitales.

Tengo traumas en el cráneo, cuello y abdomen; la parte posterior de mi pierna derecha está destrozada. Es el diagnóstico que entregan los médicos.

Sigo aturdido en la fría camilla de una clínica, sin saber qué me ocurrió.

"Máscara" Maturana, único campeón amateur de Colombia.

«Máscara» Maturana estuvo al borde de la muerte. // Cortesía.

«La imprudencia del conductor de la moto donde iba el campeón, que pasó de un carril a otro sobre el separador de la carretera, ocasionó el choque con un carro”, dicen las noticias.

El ruido pasa. Yo sigo respirando.

Hoy, a mis sesenta y seis años, después de vencer la adicción, la agresividad, la traición, el desamor de mi padre, las acusaciones, la pobreza  incluso la muerte, me siento digno.

No es por haber sido campeón mundial, sino porque reconstruí mi hogar y, contra todos los pronósticos, después de tantas veces en las que deseé no estarlo, estoy vivo.

Familia Máscara Maturana

Miguel «Máscara» Maturana vive en Sincelejo junto a su esposa y sus hijas.// Cortesía.

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    De oro a cenizas y la fuerza que me salvó