El papel de la primera dama en Colombia genera debates sobre su influencia y responsabilidades, especialmente cuando se le exigen acciones que van más allá de lo protocolario.
MANUEL MEDRANO BARRAGÁN.
En Sincelejo y en el departamento de Sucre le están reclamando a Verónica Alcocer, compañera sentimental del presidente Gustavo Petro, por no impulsar proyectos de desarrollo para su terruño.
Quien fue elegido por voto popular fue el doctor Gustavo Petro. La primera dama no es funcionaria pública y no tiene un compromiso directo con los habitantes de Colombia. Claro está que puede liderar o impulsar alguna apuesta sociocultural, si así lo decide.
María Juliana Ruiz, esposa del expresidente Iván Duque, pasó discretamente durante los cuatro años de gobierno de su esposo. Muy diferente fue la actuación de doña Nidia Quintero de Turbay, quien fue protagonista de múltiples actividades socioculturales, como la Gran Caminata de la Solidaridad, que fue todo un éxito y quedó institucionalizada.
Y si ampliamos la mirada fuera del país, podemos mencionar a Jacqueline Kennedy, esposa del presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy, quien fue asesinado en 1963. Ella restauró la Casa Blanca y promovió diversos procesos sociales y culturales. Fue tan carismática que alcanzó reconocimiento internacional.
Lo que sorprende es que se le reclamen responsabilidades a la primera dama y no se exija con igual vehemencia a quienes sí fueron elegidos por voto popular para legislar y gestionar: senadores y representantes a la Cámara.
La función de la primera dama es, principalmente, protocolaria y simbólica: acompañar al presidente en eventos oficiales y recepciones de Estado, así como apoyar causas benéficas y sociales. No recibe salario. En algunos periodos, ha ejercido liderazgo honorario en entidades como el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF).
También puede convertirse en un apoyo emocional y político para el presidente.

