Los 70 años son un hito extraordinario de longevidad, resiliencia y plenitud.
MANUEL MEDRANO BARRAGÁN.
Hay fechas que llegan sin avisar, aunque uno las lleve marcadas en el almanaque del alma. El 11 de junio fue una de esas noches.
Fue una mano en el hombro lo que lo anunció todo. La mano firme y cariñosa del Dr. Manuel Fernando Medrano Cancio, mi hijo, que se acercó con la serenidad de quien guarda un secreto hermoso y me dijo, casi al oído: “Padre, esta noche vamos al mejor restaurante de Sincelejo. Bertha ya se encargó de elegirlo.”
No hizo falta decir más.
A las siete de la noche salimos todos, organizados como una pequeña caravana de afectos, rumbo a la Zona Rosa, en la Avenida Las Peñitas. La ciudad respiraba con esa tibieza particular de junio, y yo caminaba entre los míos sin saber del todo lo que me esperaba.
Nos acomodamos alrededor de una mesa grande — de esas mesas que parecen hechas para contener familias enteras — y dos meseros atentos comenzaron a moverse con discreción alrededor de nosotros. Se hizo el pedido. Había conversación en el aire, risas contenidas, miradas cómplices que yo todavía no sabía leer.
Entonces Manuel tomó la palabra.
Con la calma de quien ha meditado cada frase, dijo que aquella fecha era especial. Que su padre — yo — cumplía 70 años. Y que lo que para algunos podría parecer simplemente otro giro del calendario, era en realidad un hito extraordinario: un testimonio vivo de longevidad, resiliencia, plenitud y madurez. Una etapa donde las prioridades se acomodan solas, donde el alma alcanza por fin ese clímax sereno que los jóvenes todavía no pueden imaginar. Y que todo eso, gracias a Dios, había venido acompañado de buena salud. “Tenemos”, dijo, “demasiados motivos para celebrar.”
Me quedé atónito.
No porque desconociera la fecha — 70 años pesan y se sienten — sino porque la vida, en su generosidad silenciosa, había conspirado con mi familia para sorprenderme. Y fue la dialéctica serena de mi hijo la que logró atravesar mis defensas y llegar directo al lugar donde guardo los sentimientos más hondos. Me recordó, sin proponérselo quizás, el peso sagrado de haber sido padre.
No hubo serenata. No hubo parranda. Pero hubo vino — varias copas — y una música ambiental que flotaba entre nosotros como si el restaurante también quisiera celebrar.
A los 70 años, uno descubre que el camino no termina: se transforma. Queda mucha vida por vivir, muchos amaneceres por agradecer, hasta el día en que el Rey de Reyes decida llamarme a rendir cuentas. Ese día llegará, como llegan todas las cosas ciertas. Pero esta noche, todavía no.
Y Libia Cancio — ella merece un capítulo aparte en esta historia. Por su sabiduría callada, por su espíritu de sacrificio que nunca ha pedido reconocimiento. Porque detrás de cada hombre que llega a los 70 con el alma entera, suele haber una mujer que lo hizo posible.
