En el pasado, él fue un gran combatiente y ahora puede vérsele como un simple hombre que camina, aunque en paz y de la mano de la esperanza, cabizbajo. Pero no es un guerrero barato y vencido, es un gladiador resignado y satisfecho consigo mismo por haber sido derrotado únicamente por su propia suerte.
Además, tal vez sobrevive gracias a su alma de luchador y un tierno corazón, atavío que se colocó como armadura siendo un niño en el barrio Cantaclaro de Montería. Y es que él nació entre el sabor amargo de la necesidad, la agobiante incertidumbre del mañana y el miedo delator de la pobreza, la misma que forjaría la grandeza de su épica historia.
Un día, respirando el aire pesado de ese lugar, allí cerca del río Sinú, cerró sus ojos y llenó sus pulmones de valentía para empezar a andar sobre las huellas que le marcarían su destino.
Recién nacido, pasó de brazos de su madre, Luz Pastrana, al cuidado de una tía, pero antes estuvo con unos vecinos, donde un día la adolescente lo dejó abandonado.
Siendo el fruto de un roce fugaz en una noche de abril de 1972 entre Luz y un hombre llamado José Antonio Padilla, conquistó el amor de su tía y esta se lo llevó a vivir con ella a El Bagre.
Allá, en medio de una batalla, el río Cauca peleó contra el destino del niño a quien le habían puesto como nombre Mauricio, pero el caudaloso hijo del Magdalena perdió y este fue a parar a Sincelejo.
Venido de El Bagre, a escondidas de su tía, empujado por la aventura y teniendo aprendidas las formas básicas de usar sus espadas, encaró el mundillo del boxeo sincelejano.
Llegó sin equipaje, acompañado por un vagabundo artesano amigo y el orgullo de haber ganado su primera lucha, esa que abriría su gran record amateur. Así conoció los gimnasios locales y se hundió más en el ambiente de “guerra”.
El entrenador Manuel Vargas lo observó en su “ludus magnus” y le notó enseguida estilo, garras, valentía y le auguró un buen futuro como boxeador, pero si practicaba con disciplina.
Mauricio, quien recibió el apellido de su tía Carmen Pastrana, entendió al entrenador y el ya adolescente se aferró a la práctica del arte marcial que lo daría a conocer en el mundo entero.
Aún no conocía a su madre y menos a su padre, quien “inocentemente” se esfumó al engendrarlo, pero esto no lo debilitó, ni le impidió ponerse en guardia y superar las asperezas con las esperanzas que le regalaba la vida.
Pese a arrastrar consigo el peligro del analfabetismo, se movía en el tinglado con audacia, aunque desabrigado, pues no tenía donde descansar de sus intensas jornadas de entrenamiento y “rebusque”.
Su cuerpo de baja estatura, pero de espalda ancha, ese mismo que con las luchas desnudó un musculoso tórax y potentes brazos, más veces de las que él quisiera contar, descansó sobre el duro y frío suelo de la calle, pero en vigilia para no dejar escapar sus sueños.
Poco a poco ganó la confianza de Vargas y este, siendo el entrenador del Club El Pintoso Box, le permitió alojarse en la escuela de guerreros ubicada en Uribe-Uribe.
