La exposición Ecos de algarabía transforma el dolor y la tradición de las corralejas en un diálogo artístico que desafía al espectador en La Casa del Libro Total – Sincelejo.
ÁNGEL MIGUEL PÉREZ MARTÍNEZ.
Ecos de algarabía no es solo una exposición: es un grito pintado sobre lienzo. La artista Muriel Elvira Salazar Arias convierte el redondel en galería y al toro en protagonista absoluto.
Veinte astados legendarios —como El Balay, El 016 o Yin Yang— cobran vida en trazos vibrantes que narran su nobleza, su furia y su destino trágico.
La muestra, abierta al público en La Casa del Libro Total – Sincelejo, invita a repensar la fiesta brava desde la sensibilidad y la memoria colectiva.
Salazar, bogotana de nacimiento pero caribeña por adopción artística, desmonta mitos con pinceladas audaces. Cada obra captura la esencia de toros que marcaron décadas en las corralejas colombianas: sus nombres resuenan como leyendas entre los asistentes.
El Perro, Camarrenga o El Cangrejo no son aquí bestias de lidia, sino símbolos de una cultura que celebra y cuestiona a partes iguales.
«Quería devolverles la dignidad que el ruedo les arrebata», confesó la artista durante el conversatorio del jueves pasado, donde el público dialogó sobre el paradoja de admirar lo que también se maltrata.
El color como lenguaje de denuncia
El color es el lenguaje de Muriel. Rojos que evocan sangre y pasión, negros que hablan de sombra y resistencia, amarillos que iluminan la algarabía de los palcos.
Su técnica, heredera de más de 20 años de exploración en artes plásticas, mezcla realismo y abstracción para crear retratos que trascienden lo decorativo.
«No pinto toros, pinto historias», aclaró ante un auditorio que oscila entre la fascinación y el remordimiento.
La exposición, inaugurada el 14 de enero, se erige así como un espejo incómodo: ¿puede el arte redimir lo que la tradición condena?
La artista, licenciada en educación artística y con una trayectoria que abarca desde la escultura hasta la instalación, insiste en que Ecos de algarabía es un homenaje crítico.
«El toro es víctima y verdugo, héroe y sacrificio», explicó, mientras el público asintió entre murmullos. Su obra, presente en colecciones nacionales e internacionales, encuentra en esta serie un nuevo territorio: el de la denuncia poética.
La Casa del Libro Total – Sincelejo extiende la invitación a académicos, creadores y curiosos. Hasta el cierre, la sala será un espacio para debatir cómo el arte puede transformar símbolos controvertidos.
Muriel lo tiene claro: «Si una pintura logra que alguien cuestione lo que da por sentado, he cumplido mi objetivo».
En tiempos de polarización, su propuesta es urgente: mirar al toro a los ojos y reconocer, en su mirada, nuestra propia complicidad.


