MAURICIO PASTRANA

Cuatro reinados sin pan

(Ultimo capítulo)

«El Pintoso». «El Indio Boy». Así me presentan en grandes veladas de boxeo profesional. Y yo… sigo sin conocer la derrota. 

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Una cuarta corona brilla sobre mi cabeza. Su peso me hunde. En el ring soy un guerrero sin fisuras. Fuera de él, la pelea es otra.

Colombia me recibe con aplausos; la fama, con sus trampas. Todos me miran como un hombre lleno de billetes. Pero mis bolsillos están vacíos. Lo mío sigue siendo solo brillo… y ruido.

En esta pelea por el título mundial de la IBO vuelve a repetirse. Yo pongo los golpes. Otro se lleva la fortuna. A mí me dejan las migajas.

La gloria me embriaga, me siento intocable. Entre botellas, amigos aparecen de repente. El vértigo de la caída no me asusta. Me pierdo en la euforia, en noches que se llevan mis pocos billetes.

La madre de mis tres hijos, la mujer que me ha esperado con paciencia, Maludys, empieza a escuchar «rumores». No. Verdades. Verdades hirientes que la empujan lejos de mí.

Herida, ella acude a la justicia. Me señala como un padre que no responde. Exige una cuota de alimentos que no puedo pagar. Sus palabras son golpes certeros en mi pecho.

Michael, Danny y Pamela merecen más. Sí, pero mis promesas ante el juez son vacías. En el ring no retrocedo y en la vida sí.

Entre peleas de gallos, parrandas y mujeres, el saldo se agota. Se acaba lo poco que Iván me dio, otra vez «prestado».

Dice que ya me gasté todo. Para demostrármelo, me lanza sobre la mesa un fajo de papeles llenos de números y letras. No sé qué dicen. Solo sé firmar. Un garabato.

El Juzgado de Familia de Sincelejo me prohíbe salir del país y mi carrera está en los Estados Unidos. No tengo salida. Ni siquiera libertad. Solo una opción: huir.

Escapo de las consecuencias de mi soledad, de la mala suerte de no haber tenido a alguien que me empujara a estudiar, a aprender a leer y escribir, a ser más responsable conmigo mismo.

Todavía huyo de aquel niño que empujaban a vender pan en la calle y luego golpeaban cuando regresaba con la plata incompleta, siempre engañado por no saber contar, sumar y restar.

Mi instinto me guía. Cruzo la frontera por tierra hasta Venezuela y consigo un vuelo a Miami, sin regreso. Despego sin mirar atrás.

Sin gimnasio fijo ni entrenador, las semanas pasan. Solo me acompañan mis puños y las ganas de enfrentar esta nueva etapa de mi vida.

Iván, ante la falta de un entrenador, contacta al mánager cubano Luis De Cuba. De Cuba le habla sobre el campo de entrenamiento que tiene Nelson López, a las afueras de Miami.

Empiezo a entrenar con López. Iván desaparece por meses. No me envía dinero, ni siquiera para comer. Me hundo en la depresión. La idea de quitarme la vida ronda mi cabeza.

—Nelson, no sé qué voy a hacer. Este hombre me tiene como un esclavo —le confieso, con las lágrimas rodando por mis mejillas.

—No te preocupes. Esta semana compraré tu contrato —responde, conmovido. Está dispuesto a liberarme del acuerdo con Iván, aunque aún falta un año para que se venza.

Luis De Cuba intenta detener a Nelson, le dice que está a punto de cometer  una locura. Nelson cumple su palabra y me lleva a su hogar. Me trata como a un hijo más.

Además de mi entrenador, ahora también es mi apoderado. No pierde el tiempo: me consigue una pelea. Me enfrento a Darryl Pinckney. Lo venzo. Luego, derroto a Abloh Sowah. Mi récord sube a 23 victorias.

Mauricio Pastrana con "Don King" y su apoderado y entrenador, Nelson López.
Mauricio con «Don King» y su apoderado y entrenador, Nelson López.//Cortesía.

No hay tiempo para celebrar. La agenda aprieta. Es 16 de febrero de 2000, suena la campana. Voy por el título vacante del peso Gallo de la IBA contra Jorge Lacierva.

El combate avanza: exhibo mi agilidad para esquivar golpes y contragolpear. Él también hace lo suyo.

Nadie cae, no hay nocaut. Terminan diez asaltos de guerra pura. Todo queda en manos de los jueces. Escucho el veredicto: favorecen al mexicano.

No lo creo. No lo acepto. Pero el fallo es innegable: he perdido. Mi invicto se ha ido. Mi orgullo queda herido. La derrota pesa más que cualquier golpe recibido.

Duele, pero no hay tiempo para lamentos. Estados Unidos me da otra oportunidad mundialista. Peleo contra Félix Machado por el título supermosca de la FIB. Es el asalto doce; caigo en Cincinnati.

Como un ave fénix, me levanto. Vuelvo a las victorias. Derroto a Gerson Guerrero, Antonio Oliveros, Isidro García y Evaristo Primero. Ahora, estoy frente a Mike Trejo.

Me planto en el centro del ring. Lo mido. Le dejo claro que este es mi territorio. Un derechazo sólido lo sacude en el primer asalto. Su mirada me dice que sintió mi pegada.

En el segundo, trabajo abajo. Lo obligo a bajar la guardia y lo remato arriba. Trejo está en la lona. Trata de levantarse, sus piernas no responden.

El árbitro cuenta. Se reincorpora. Lo vuelvo a castigar. Su esquina no espera más y tira la toalla. Se acabó. Una vez más, un título se vuelve mío.

MALUDYS ME NOQUEA

Tres fotos llegan. Me toman con la guardia abajo. Vienen de manos de Maludys. Son un golpe directo al alma.

Mis hijos me miran desde el papel. Sus ojos reclaman lo que nunca supe darles: presencia.

Con el alma golpeada, intento enfocarme en lo que mejor sé hacer: sobrevivir en el ring. Sin embargo, un deseo de regresar a Colombia me consume.

El aire de Miami se convierte en nostalgia, me asfixia. Pienso en volver a casa, reconstruir lo que tantas veces destruí, recuperar mi familia. ¿Todavía tengo derecho a soñar con eso? Me pregunto.

Necesito buenas peleas para volver. Primero, dinero suficiente para saldar una deuda de 30 mil dólares, lo que Iván Feris me exigió para poder «divorciarme» de él. Me los prestó Nelson López.

Otra vez. Otro precio alto por mi libertad, me digo.

Es 4 de abril de 2003 y el destino me enfrenta a Rafael Márquez por el título gallo de la FIB. Tras doce rondas agotadoras, por decisión de los jueces, sumo otra derrota en Los Ángeles.

Mauricio Pastrana se enfrentó dos veces con Rafael Márquez
Mauricio Pastrana enfrentó dos veces a Rafael Márquez en el ocaso de su carrera.//Cortesía.

Lo intento de nuevo contra Márquez, en pelea mandatoria, ahora en Las Vegas. Es 27 de noviembre de 2004 y el octavo asalto. Un nocaut técnico por lesión me derrumba.

Mi mente sigue en batalla. Aunque mis fuerzas empiezan a dudar, mi ilusión por volver a Colombia y recuperar a mi familia, sigue en pie.

Perdí, sí, pero esta vez gané lo suficiente. Cancelo aquella absurda deuda y tomo fuerzas para llamar a Maludys y decirle:

—Quiero volver a Colombia para ver a mis hijos y que hagamos nuevamente una vida juntos. No me castigues más, por favor.

Ella, del otro lado del teléfono, acepta. Me quita la demanda. Con los recursos que me quedan, regreso a mi país. Nos independizamos.

Maludys y yo armamos nuestro hogar. Disfrutamos juntos, rodeados de nuestros hijos y concentrado en los entrenamientos, espero el llamado de mi apoderado.

López me consigue nuevos combates, que vienen a sumarse a mis cinco caídas. Fallo ante Alejandro Valdez.

El calendario señala: 10 de agosto de 2006. El filipino Diosdado Gabi me noquea en el primer asalto, en Las Vegas. La frustración crece.

No fue una pelea, fue un golpe devastador. Ya no tengo más que ofrecer, mi tiempo en el ring acabó, la vida fuera del cuadrilátero me llama. ¿Qué me espera ahí? ¿Otra pelea sin guantes? ¿O el vacío absoluto? Finalmente, me niego.

REGRESO A LA GLORIA

El dios del boxeo aún no me abandona. Aún saboreo mi regreso a la victoria del 26 de enero de 2007 ante Oswaldo Cedeño, y ya estoy en un cuadrilátero de Illinois, frente a Antonio Escalante.

Para muchos, soy el pasado y él, el futuro del boxeo mexicano. Me han traído como un «acabado», como «carne de cañón». Quieren que esta pelea sea mi tumba.

Octavo asalto. El árbitro inicia un conteo tras una caída sin golpe. El público abuchea, yo también estoy sorprendido. Le reclamo al hombre del corbatín. No me escucha. Termina de contar.

Una furia incontrolable me consume. Voy con todo. Lo mido, espero, suelto un gancho de derecha. Escalante va al piso.

La forma como cae, tambaleante, de cara a la lona, lo dice todo. Nadie lo imagina, en solo segundos, todo cambia. El árbitro no tiene opción: nocaut.

Salto de alegría. Me arrodillo, me cubro el rostro con los guantes. Las lágrimas me nublan la vista. Mi esquina me carga en hombros.

Celebro a rabiar. ¡Nelson está eufórico! La afición, enardecida, me comparan con Mike Tyson.

Como hace diez años contra Michael Carbajal, vuelvo a silenciar a los incrédulos. Me llevo el título supergallo de la NABO, avalado por la OMB.

Mauricio Pastrana y el famoso presentador de boxeo profesional Michael Buffer.
Mauricio y el famoso presentador de boxeo Michael Buffer.//Cortesía.

En Sincelejo, mi victoria 34 sigue en boca de todos. Me clasifica como retador del campeón supergallo de la AMB, el panameño Celestino Caballero.

Proponen una bolsa de 15 mil dólares. Mi apoderado exige el doble. Le digo que ya no puedo darme el lujo de rechazar peleas. Al final me da el aval.

Seis semanas para prepararme. Daniel Alvis, mi nuevo entrenador, dice que es poco. Aun así, acepta el desafío.

Llega el día. Alvis está en mi esquina. Caballero impone su estatura y alcance, me mantiene a distancia. Ataca sin tregua la zona media y los costados. Me va desgastando. Resisto, pero cada golpe me vacía por dentro.

De repente, el referí interviene. Me mira, analiza mi estado… Y detiene la pelea. Faltan dos minutos del octavo asalto. Decreta nocaut técnico.

Levanto los brazos, protesto. Ya es tarde. Caballero celebra y yo vuelvo a sentir ese vacío helado en el pecho. Otra vez, la derrota me atrapa con sus garras.

Sale la luna del 4 de junio de 2011. Nuevo México. Enfrento a Johnny Tapia. Cae en el sexto asalto, yo en el octavo y él se lleva la victoria.

Seis derrotas seguidas me ponen contra las cuerdas, me obligan a pensar en colgar los guantes. Fuera del ring no encuentro esquina.

La depresión me hunde. La ansiedad me inunda. La soledad me encierra en una cabina telefónica. Cada minuto aquí es una fortuna. Casi no tengo para pagarla. La lujuria me empuja.

Una llamada matutina me incendia. Pierdo el control. La policía me descubre. Me conducen por sexo telefónico. Nelson paga mi fianza. Quedo libre.

En la tarde todo se repite. Cabina telefónica. Sexo telefónico. Policía. Fianza.

Toco fondo. Traiciono la confianza de mi tutor. Y ni siquiera hay campana.

ASALTO FINAL

Huele a caucho quemado y aceite viejo. A agua de jabón. El ruido del compresor y las herramientas me taladra los oídos todo el día. Sobrevivo.

Gano unos dólares y propinas, montando y arreglando llantas. No es fácil. Es trabajo. La vida continúa sin piedad. Hasta que un día todo cambia.

La casa es un horno. El televisor suena con una telenovela mexicana. Estoy solo. La puerta se abre de golpe. Alguien la tira contra la pared. Es el boxeador de San Onofre.

Consume droga todo el tiempo. Compartimos techo con otros cinco colombianos. Tiene los ojos inyectados en «sangre». Respira agitado.

—¿Dónde está mi plata? —me grita.

Me levanto del catre, desconcertado.

—¿Cuál plata?

—¡No te hagas el pendejo!

Me empuja contra la pared. Apesta a alcohol y sudor rancio. Su aliento me golpea la cara como un puñetazo.

Suelta un derechazo. Lo esquivo. Me lanza otro. Retrocedo. Palpo a tientas. Busco debajo de mi colchón. Mis dedos rozan su mango frío. Lo agarro.

Vuelve a embestirme, mi mano ya aprieta el puñal. No pienso. Actúo.

La policía llega rápido. Me captura. Ocho meses preso. Tras rejas por lesiones personales. En la cárcel no dejo de entrenar. Paso ese tiempo preguntándome cómo llegué a esto, hasta que cumplo mi condena.

Mauricio Pastrana tuvo uno de sus peores momentos cuando tuvo que ir a la cárcel
Mauricio pasó uno de sus peores momentos cuando estuvo en la cárcel.//Cortesía.

Salgo. Solo me recibe el aire de libertad. Un promotor me contacta. Me ofrece una pelea en Sinaloa, México. Mikey García es el rival.

Acepto el combate. La cartelera es el sábado primero de septiembre de 2012. Sinaloa, México. En el segundo asalto beso la lona. Pierdo.

Me miro al espejo en el hotel: el ojo hinchado, los nudillos marcados. Sin cinturón de campeón. Aquellas veces ya son solo recuerdos.

Por primera vez, todo el dinero es mío: 10 mil dólares intactos. Voy de regreso a Colombia con mi dinero en la maleta, sin que pase por manos de apoderados.

El avión despega. Dejo a los Estados Unidos que se quede con mi carrera. Un vacío me acompaña de regreso a Sincelejo. También una pregunta me atormenta: ¿Cómo sostendré a mi familia?

La vida me responde. Maludys me da la idea: un negocio de pasteles de arroz con carne, cerdo y pollo.

Lo bautizamos El Verdadero Campeón, quizá porque, en el fondo, me aferro a seguir siéndolo, ahora más que nunca.

El negocio arranca con esfuerzo. Salgo a vender. Empujo la carreta por las calles, como cuando era niño. Ahora no son panes. Son pasteles. La pelea es otra. La necesidad sigue siendo la misma.

Mauricio Pastrana y su negocio de pasteles de arroz.
Mauricio Pastrana y Maludys Peralta en su negocio de pasteles de arroz.//Cortesía.

Hoy, 3 de mayo de 2016, regreso a casa tras un día de trabajo. El teléfono suena. Atiendo.

La noticia me deja grogui: Michael, mi hijo mayor, ha tenido un accidente. Dos palabras lo sentencian todo: estado vegetativo.

No hay entrenamiento que me prepare. No hay pelea más dura. No hay campana que detenga este castigo. Cada día es más difícil que el anterior.

Transcurren siete años. La pelea de Michael termina. La tragedia se consuma. Mi hijo, quien de niño deslumbró a toda Colombia en los festivales de balompié como goleador y soñaba con ser futbolista profesional… se ha ido.

Mauricio Pastrana y su hijo Michael (QEPD).
Mauricio Pastrana y su hijo Michael (QEPD).//Cortesía.

No sé cómo. A pesar del inmenso dolor, sigo en pie. El mundo avanza, y yo debo caminar con él.

Cumplo 50 años. Me declararon Gloria del Deporte Nacional. Empiezo a recibir un estímulo del Ministerio del Deporte. Por fin, las alegrías que le di a mi país en cada batalla, tienen algo de recompensa.

Mis mayores victorias no están en los títulos. Me quedo con verdaderos triunfos: haber conocido a mis padres, descubrirme a mí mismo y encontrar a Maludys, la madre de mis cinco hijos.

Como todas las personas y la luna, yo también tengo mis lados claros y mis lados oscuros. No soy perfecto.

Y como todo guerrero aquí estoy, con cicatrices en el alma y en el cuerpo, aún de pie. Todavía disfrutando la vida. Porque esta pelea… aún no la he perdido.

Mauricio Pastrana vive con sus cuatro hijos y su esposa Maludys en Sincelejo
Mauricio Pastrana vive con sus cuatro hijos y su esposa Maludys en Sincelejo.//Cortesía.

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